13 años de oscuridad. 13 años de Webvampiro

13 años de oscuridad
Ago
07

13 años de oscuridad

Webvampiro cumple 13 años. El 7 de agosto en concreto es la fecha de nuestro cumpleaños, el día en que pusimos en pie la primera versión de la web y en que nació el foro en el que seguimos a día de hoy. Y no es que sigamos, es que este 2017 está siendo un año de auténtico récord para nosotros, superando cada mes los 3000 posts en nuestro foro.

Para celebrarlo, en lugar de dedicarnos a hablar de nosotros, os dejamos una serie de pequeños relatos de Mundo de Tinieblas, escenas concretas que os pueden valer de inspiración y que han escrito varios usuarios de la comunidad. ¡A disfrutarlo!

El bibliotecarioAlexander Weiss (usuario de Webvampiro desde 2012. Bibliotecario de la web)

Sólo a vecesCasemir (usuario de Webvampiro desde 2013. Narrador de Vampiro, Mago y Changeling Oriental)

Arma o escudoVictoria Rain (usuaria de Webvampiro desde 2016)

El laberintoJebediah Gogorah (usuario de Webvampiro desde 2016. Narrador de Mago)

Ellos están ahíPilgernd (usuario de Webvampiro desde 2007)

CastigoSebastian Leroux (usuario de Webvampiro desde 2016. Narrador de Vampiro)

Pinceladas de inmortalidadArya Schwarz (usuaria de Webvampiro desde 2006. Narradora de Vampiro)

DecepciónVoivoda (fundador de Webvampiro, usuario desde 2004. Narrador de Vampiro)

El cielo en la TierraAlucard (usuario de Webvampiro desde 2016)

Sic semper tyrannisMagdaDalmau (usuaria de Webvampiro desde 2016. Narradora de Vampiro)

La sangreMu de Jamir (usuario de Webvampiro desde 2014. Narrador de Vampiro)

Autor de la ilustración: Nic de Groot. Some rights reserved. This work is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 3.0 License.

EL BIBLIOTECARIO

Montones de libros de diversas épocas, formas y tamaños, ordenados sin orden aparente, pero con cierto método en un caos mayoritario de papel se extendían a lo largo y ancho de la estancia hasta donde la vista podía alcanzar. La pared y el suelo apenas eran visibles en aquella marea de letra impresa y encuadernada, y sólo el techo amarillento y desgastado mostraba de forma apreciable el color original de aquel espacio, utilizado de forma pragmática con el único fin de acumular libros. Hacia el fondo se escuchaba un frenético pulsar de teclas y la luz eléctrica de la pantalla de un ordenador era la única iluminación que permitía apreciar parcialmente aquella irregular cordillera de libros que en su mayor parte permanecía envuelta en la oscuridad silenciosa.

Agazapado frente a la pantalla se encontraba un hombre, aunque más que una figura humana podía decirse que era una caricatura, con rasgos exagerados más propios de roedores e insectos. Sus dedos largos como patas de araña se paseaban en una danza meticulosa, frenética y al mismo tiempo precisa sobre el teclado negro, invocando trazos y pixeles sobre la hoja blanca virtual que ofrecía la pantalla. La velocidad era sobrehumana y el teclado sin duda terminaría siendo desechado en breve, como tantos y tantos otros que sin ningún escrúpulo eran sustituidos por otros. Sin embargo, la voluntad de aquel hombre permanecía impertérrita, fija en las letras que de forma continuada se formaban ante él con su propio significado intrínseco.

Para Erasmo ésa era la rutina hasta donde su memoria alcanzaba, y en ocasiones incluso había quienes sospechaban que había entrado en la existencia con aquella voraz ansiedad por acumular conocimiento simplemente para saciar una obsesión que no se apagaba. Así había sido desde los fríos corredores de los monasterios medievales, donde se dedicaba a escribir y copiar un libro tras otro en una frenética carrera por salvaguardar las palabras del pasado del paso del tiempo e incrementar los salones del conocimiento, pasando por las noches de la imprenta, ordenando una y otra vez las piezas y sellos móviles que facilitaban su labor y por último las noches iluminadas por el progreso que atravesaba ahora y que habían sustituido la pluma y la tinta de forma despreocupada por los archivos de Office, Pdf y tantos formatos que la era digital había dado a luz. Detrás del ordenador comenzaba a formarse una montaña de discos duros, llenos de información hasta rebosar. El cambio de formato no suponía un problema para Erasmo, antes bien, no tenía ningún inconveniente en abrazar con su ansiedad frenética los cambios que facilitaban su labor eterna e incansable de acumular capa tras capa de conocimiento, simplemente para saciar un impulso que nunca se apagaba y que de alguna forma ni siquiera el propio Virgilio podía explicar. Simplemente tenía que hacerlo.

No había sido fácil. Su ansia de acumular conocimiento se había tropezado con los tumultos y el egoísmo del mundo y la humanidad. En su memoria eterna se acumulaban las noches inciertas cuando lloraba lágrimas de sangre ante los incendios, accidentales o provocados por sus enemigos, que habían reducido a cenizas su incesante labor en puntuales ocasiones. Su corazón se retorcía de odio al recordar los volúmenes nunca devueltos o robados por los enemigos de lo ajeno o quienes destruían sin preocupación lo viejo simplemente para dejar paso a lo nuevo, o eso creían. Y una y otra vez Erasmo no se había dejado quebrar por aquellos reveses, una y otra vez se había levantado y reanudado su labor, acumulando libros, copiando y escribiendo, como había hecho en vida y con la ayuda que el poder de la muerte le había dado. Las primeras noches de ansiedad y miedo habían dejado paso a una fría determinación por continuar con su labor. Escribiendo, siempre escribiendo…

El paso del tiempo había facilitado su trabajo, sin duda, pero no había conseguido superar las limitaciones de su cuerpo no muerto y mejorado por la sangre. Bajo aquella obsesión que animaba su voluntad de seguir noche tras noche se encontraba una bestia feroz y hambrienta, que lo alejaba de su cometido y que le obligaba a saciarla. De buena gana se hubiera reducido a una mente que dirigiera un par de ojos y manos si hubiera podido, pero de momento aquello no era posible. Por suerte, con el tiempo y de forma pragmática, había creado a otros para que se ocuparan de las necesidades mundanas de su existencia.

Diez relojes dieron la hora al unísono. Medianoche. De forma autómata, Erasmo se irguió de un brinco de su asiento frente al ordenador e interrumpió su frenética escritura. Salió de la estancia por una escalera excavada de forma tosca en la roca viva, y ascendiendo por los laberínticos corredores plagados de trampas y enigmas que protegían su biblioteca de ojos indiscretos finalmente llegó a un salón anticuado, con un estilo eduardiano, que formaba parte del museo y biblioteca bajo el que Erasmo había construido el último de sus refugios. Se sentó en un sillón y aguardó.

De repente la oscuridad pareció cobrar vida y saliendo de las obras apareció uno de los chiquillos de Erasmo. Cuando lo trajo a la no muerte le había puesto el nombre de Abel, un niño con cara de ángel de marfil, cuya ansia de una figura paterna había sido convertida por la sangre en una obsesión no demasiado distinta de la de Erasmo, quien de forma pragmática la había moldeado en algo que utilizar en su provecho para llevar a cabo su labor. Cada noche Abel acudía puntualmente tras haberse saciado en el hormiguero de hormigón y asfalto que constituía la gran ciudad para recibir el abrazo de su “padre” Erasmo.

El vampiro recibió a su chiquillo con los brazos abiertos, y éste se lanzó en su regazo lleno de gozo, recibiendo algo que le faltaba, algo que había anhelado en vida y que en la muerte seguía deseando, tan precioso para él como la sangre. Los brazos de Erasmo se cerraron, como las garras de un ave rapaz, y se inclinó sobre el cuello pálido de Abel, tanteando como de costumbre en busca de la arteria, aunque aquel cuerpo no muerto no la necesitaba. Cuando encontró su objetivo, sus dientes se afilaron y mordió, absorbiendo la sangre dulce y abundante. Sin embargo, Erasmo bebió con despreocupación, no con la glotonería o el innecesario placer que abrumaba a quienes descuidaban su alimentación, sino con la misma actitud fría y pragmática que siempre le caracterizaba. No le preocupaba quedar atrapado en las cadenas de la sangre de su especie, pues hacía tiempo que sabía que era inmune a semejantes vínculos artificiales, quizás por haber pulido su voluntad y su mente hasta convertirlas en algo frío y distante de semejantes obstáculos y estorbos. Contó los segundos uno tras otro, y cuando consideró que había saciado su ser lo suficiente se detuvo y se separó de su chiquillo, de forma precisa y firme.

Abel, perdido en el gozo del abrazo de su sire y soñando con sueños incumplidos que nunca se cumplirían, levantó la mirada, anhelando que aquel momento nunca hubiera terminado, y como siempre, mirando los ojos de su sire con una mezcla de súplica y decepción. Erasmo simplemente le besó en la frente y se incorporó al mismo tiempo que apartaba a Abel con delicadeza. Clavó su mirada en la de su chiquillo y repitió las palabras de cortesía y costumbre.

-Buen chico. Puedes irte. Vuelve pasado mañana a la misma hora.

El anhelo de Abel no era suficiente para oponerse a la voluntad de su sire, que barrió cualquier deseo de permanecer a su lado con una orden que imponía obediencia. La cadena de sangre que lo atenazaba y el temor a decepcionarlo hicieron el resto. Con una leve inclinación, el niño retrocedió hasta perderse de nuevo entre las sombras del salón y volver a la oscura existencia que le aguardaba fuera, sobreviviendo y subsistiendo como podía antes de acudir de nuevo a la llamada que latía en su interior, y disfrutar del momento más dulce que de alguna forma justificaba su existencia.

Cuando su chiquillo se marchó, Erasmo se estiró brevemente antes de descender de nuevo por el laberinto de corredores hasta su amada biblioteca. Su labor no podía permitirse más demoras y todavía quedaban muchas horas de noche por delante, escribiendo y recopilando conocimiento de forma frenética y compulsiva como si el tiempo se acabara. Y si las señales eran ciertas, quizás ni toda la eternidad sería suficiente…

SÓLO A VECES

“Por fin es tuyo, mátalo”.

Si hubiera escuchado a mi Demonio, habría dejado un reguero de cadáveres hasta llegar a la cabeza de la organización que me secuestró de niña, me separó de mi familia y me llevó a la mendicidad y la prostitución, y finalmente a la muerte y al infierno. Camellos, policías, prostitutas, proxenetas… todos merecerían morir por un motivo u otro según el violento lado oscuro que susurra a mi alma superior. Pero yo no soy un animal salvaje, o no quiero serlo, y es en lo que me habría convertido si me hubiera dedicado a bañarme en sangre durante los diez años que me ha llevado dar con este hombre.

Y ahora no sé qué hacer con él. “Mátalo, es lo que hemos estado buscando desde que volvimos”. Cierto, pero ahora que lo tengo delante, parece muy fútil. “Él tiene la culpa de en lo que te has convertido”. Pero matarlo no va a devolverme la vida. “Es un ser malvado, merece morir”. ¿Y cuántos igual de malos van a seguir viviendo? No puedo matarlos a todos. “Piensa en los que vas a salvar de destinos como el tuyo”. Ninguno, pues tan pronto como desaparezca, otro tomará su lugar.

Ya había escuchado que el objetivo del koan, de nuestra búsqueda por resolver nuestros asuntos mortales, era enseñarnos el vacío de nuestros empeños, lo poco que significan para demonios no-muertos como nosotros. Pero no lo terminas de entender hasta que no lo tienes en las narices. Quizás si no hubiera apretado el gatillo la verdad se hubiera adueñado de mí y me encontraría en un estado de iluminación mayor. Pero a veces, sólo a veces, hay que escuchar al Demonio.

ARMA O ESCUDO

Desde aquella ventana la ciudad parecía un sitio apacible. Los habitantes de Bremen iban apagando la luz de sus casas y poco a poco la ciudad asumía el silencio nocturno. Pero ese silencio era, visto desde allí, como el silencio de la habitación de un niño, era una paz como la que sentías al ver sus caras mientras dormían. Me daba una envidia terrible ver, oler, sentir… esa paz que no me pertenecía. Pero no era el momento de sentirse nostálgico.

Sybila me había traicionado. Quizás para ella nunca hubo una traición porque nunca tuvo un verdadero afecto por mí. Hacía tantos años que no sentía esta sensación de soledad… Todo esto no fue más que un sueño. Desde el otro lado de la sala podía mirarme en un espejo de pie, constatando que por más que yo quisiera nunca sería como el resto. Y sin embargo mi monstruosa apariencia era la clave del enigma. Marceli quería a Sybila. Mi abuelo vampírico quería a mi Sire porque era su creación maestra, pero sólo por eso. Será que los vampiros sólo somos eso, monstruos que vivían de las intrigas que perpetraban sobre sus congéneres. Marceli, un Nosferatu versado en Vicisitud, era el culpable de mi apariencia serpentina y había pactado responder a sus preguntas. Me iba a enfrentar a un Ancilla mucho más poderoso que mi propia Sire, que me había engañado todos estos años. Qué asco.

Sólo ha bastado tener una primera misión para descubrir toda la mierda de mi propia familia vampírica. Ahí es nada. Bueno, eso de “familia” es dolorosamente inaplicable entre vástagos. Y tengo que decir que ha sido una lección muy cara para las meteduras de pata que he cometido hoy, que afortunadamente no han supuesto el peor de los destinos. Pero no sé si en realidad es peor esta vida de intrigas y lucha de poderes que la muerte definitiva.

Y de repente… Darja y Ludvik me ofrecen ser mis mentores.

Tengo encima la misma sensación que cuando entró Sybila en mi vida, salvándome de las calles. Pero mi lógica lucha contra mi instinto. Ella le dijo a ese tzimisciano Nosferatu que debía cumplir dos condiciones.

“Antes de encontrarla, le voy a pedir algo antes de revelarle su ubicación; que no le haga daño ni la retenga contra su voluntad. Aunque podrá hacerle las preguntas que desee.”

Aún nerviosa, reconozco que esas palabras me ahondaron dentro, pues si bien ella me estaba utilizando para un fin, tal como hizo Sybila, se preocupaba de que no me hiciesen daño. No sabía cómo sentirme al respecto, pero lo primero de todo fue sorpresa. No entendía por qué aquella pequeña Vástaga empatizaba tanto conmigo. ¿Acaso mi aspecto además de asco podía dar pena?

Me acerqué al espejo desnudándome para contemplar lo que desde fuera veían en mí. Una piel llena de escamas mucosas, dos colmillos gigantes y como único rasgo humano dos ojos azules imbuídos en la profunda tristeza de los monstruos incapaces de ser amados por nadie. Pero no, no podía dar pena el ser que me respondía a la mirada en el reflejo. No podía dar pena algo que a priori daba miedo, algo que aprendí también de ellos, la pareja de Nosferatus.

– Él utiliza su aspecto para intimidar, el mío lo utilizo para, de forma sutil, intrigar y atraer, más vale que decidas cómo vas a emplear el tuyo – me aconsejó ella – no va a desaparecer, así que más vale que lo uses como arma o como escudo.

– ¿Has pensado en convertirte en asesina? – preguntó Ludvik.

– Sí, lo he pensado… – contesté con un suspiro.

– Es un buen negocio – añadió él. – aunque hoy en día no hay tanta faena como antes. Se han vuelto muy blandos. Perobcon su aspecto podría aterrorizar a sus víctimas…convertirse…¿te he contado la historia de mi Sire, verdad?

– Ludvik, se lo has contado cuatro veces esta noche. – le regañó su esposa. Turanek calló sonriendo, por lo visto la conversación le estaba pareciendo divertida. Ella volvió a mirarme y me dijo:

– Angelika, recuerda una cosa, no eres fea, eres diferente. Nadie te tomaría por humana y eso te hace ser poderosa. Trata de aprovecharlo.

“Arma o escudo, la diferencia está en el poder, eso es todo”, pero a pesar de que su trato era tan benevolente hacía mí no podía parar de pensar que me podía estar engañando. O peor aún, que me podía estar engañando a mí misma. Oí dos toques en la puerta y una voz. La de Darja.

– Puede pasar, señora.

La pequeña Nosferatu entró algo sorprendida de verme sin ropa mirándome al espejo, yo no le di importancia a su expresión. Ya me había acostumbrado a los gestos de asombro sobre mi físico.

– Aún quedan cosas que hacer y nos quedaremos algo más en Bremen, pero como has podido comprobar no me gusta que me hagan esperar con una respuesta.

– ¿Qué puede ofrecer una neonata como yo a dos Antiguos que ya lo han visto todo? Su marido ya tiene manos fuertes y usted es muy avispada y culta – me giré de nuevo al espejo sin mirarla – No termino de entender el interés, pero sin duda, estoy en deuda por lo que hicieron por mí la otra noche. Y he decidido pagar esa deuda con mi servicio.

– Angelika – la Nosferatu Toreador se sentó en la cama – No queremos que seas nuestra sierva. Te queremos como hija.

Fue entonces cuando rompí a llorar. Maldita sea, esa palabra me traía recuerdos muy viejos y dolorosos de cuando mi infancia era feliz. Cuando mi padre y mi madre vivían, vivíamos todos en aquella casa en ruinas, tan en ruinas como nuestra fortuna. Los Rothstein no sabíamos lo que era la fortuna, pero teníamos el mayor tesoro de todos. El amor.

– Me iré con vosotros a Praga.

Quizás fuese que aun con todo albergara la esperanza de que monstruos como nosotros pudieran formar una familia. ¿Qué podía pasar? ¿Que me acabara costando la muerte definitiva?.

Nada que perder y mucho que ganar.

EL LABERINTO

Jonas Gailman era el único miembro en pie de la Cábala del Jardín de la Oca, miembros de la capilla neoyorquina Vetus den Orden. Habían caído cómo moscas dentro del Laberinto Nefando de las Siete Puertas Negras, en el corazón de los suburbios de Nueva York. Habían picado cómo pardillos. Sabían que era una trampa y aun así accedieron a buscar a la hija de su compañero Rómulo, ahora ya muerto. Es increíble, como a pesar de poseer altos conocimientos, se sigue enganchado al lado Durmiente. Ser un Despertado no te redimía de tu vida mundana… y eso ha sido lo que los había llevado a la perdición. Probablemente la pobre Gabriela ya había sido torturada y vejada por esos pervertidos. Su propio padre, junto con el resto de la Cábala, había muerto y él ahora mismo ya no se preocupaba por la cría, sino por salir con vida de allí.

Jonas sentía la magia fluir por todos lados… sabía que lo andaban buscando. Hacía varias horas él y sus compañeros habían recibido el soplo de la ubicación del laberinto, y desoyendo los consejos del Diacóno de la Capilla allí estaban erróneamente, tomándose la justicia por su mano.

Habían accedido por el sótano de un edificio abandonado del barrio de Brooklyn. Una serie de pasillos austeros de hormigón, levemente iluminados, daba lugar a una serie de celdas donde se podía ver gente colgada del techo, cogidos por la espalda por anzuelos más propios de la pesca del atún… agonizantes. Olía a sangre oxidada, a vómito y a mierda seca. Olía a maldad, a los peores sentimientos de un ser humano. Olía a Descenso.

Una vez dentro del laberinto, ya era demasiado tarde para volver atrás. Los actos que acabaron con los miembros de la Cábala del Jardín de la Oca se sucedieron y ahora se encontraba él sólo, ileso. Había conseguido escapar sin tener oportunidad de auxiliar a sus compañeros.

El silencio se hizo cuando entró en una especie de mazmorra. Cada vez que se internaba más profundamente en el laberinto, más oscuro estaba. Las emociones se agolpaban y permanecía constantemente erizado, con los vellos de punta.

No podía posponerlo más. Parecía que dentro de la vorágine caótica, dentro de aquella sala había cierta paz. El hermético era capaz de divisar las líneas temporales, así que se dispuso a ello para intentar visualizar una salida. Sacó tembloroso el anillo de su bolsillo y se lo colocó en el meñique de la mano izquierda, con la que empezó a dibujar el símbolo del infinito en el aire mientras que susurraba en enoquiano algún tipo de rito.

Pero algo salió mal, pues no pudo ver el pasado, sino que se vio a él mismo siendo empalado por una gran asta de madera afilada que le traspasaba el corazón. Salió atormentado del trance, justo en el mismo momento que las bisagras de la puerta chirriaban muy lentamente. Justo en el momento que la silueta oscura de una afilada pica de madera asomaba por el hueco de la puerta.

ELLOS ESTÁN AHÍ

No sé cómo terminé metido en este embrollo. La verdad es que ni en mis más recónditos pensamientos creí experimentar este miedo, esta angustia, esta sensación de que están observándome en cada paso que doy. Ya no salgo por las noches y durante el día siempre creo sentir su presencia, observándome entre la multitud.

Todo comenzó con aquella muchacha,  la que estaba desorientada en la fiesta de Lucía. Llego algo pálida, se sentía mareada, pero ¿quién no lo está cuando hay tanto alcohol a disposición? Me acerqué a ella y debo confesar que no con buenas intenciones, sin embargo su estado me hizo recapacitar cuando la llevaba a la habitación matrimonial, desviándome al baño que se encontraba ahí, pues el otro se encontraba ocupado. La senté en el servicio, con una toalla que humedecí y que comencé a pasarle por la frente y el cuello. Entonces vi las marcas: dos orificios paralelos, con un poco de sangre brotando de ellos. Mis preguntas no tardaron en surgir, pero ella se encontraba muy exhausta. Intentaba responderme, aunque con ciertas incoherencias, decía cosas como “era un tipo de traje, me mordió el cuello, surgió de la nada, me dejó cerca, me era imposible desobedecerlo, quería ser devorada”. Comenzó a tiritar, su labio inferior parecía una máquina trituradora, sus ojos reflejaban pánico, una súplica para que le ayudará a entender lo que yo ni siquiera lograba comprender. No me aparté de ella esa noche, incluso intente dormir con ella, pero parecía demasiado miedosa como para conciliar el sueño, así que intente distraerla hasta que caí dormido.

La mañana siguiente ella había desaparecido. Me recriminé por no aprovechar mi oportunidad y me fui de la casa maldiciendo mi decisión de la noche anterior. Mientras caminaba al paradero más cercano, comencé a revisar mi celular hasta que di con un número no registrado, una sola llamada a eso de las 05:00. Llame por curiosidad, las primeras veces no hubo respuesta y me olvidé de todo cuando subí al bus para ir a casa. Mi día transcurrió de forma habitual hasta que ella me llamó en horas de la tarde. Me junté con ella sin dudarlo. Llegué al local donde ella me pidió que nos encontráramos, lucía esplendida, mucho mejor de que cuando la vi, con un poco más de color en su cara. Sin embargo, nuestra junta no fue una cita sino hablar de lo que le había ocurrido. Ella se sentía segura conmigo, no sabía por qué, pero me consideraba un buen tipo que no se aprovechó de ella. Al cabo de un rato, se atrevió a confiarme su secreto: había visto al sujeto una vez más, la estaba observando durante la madrugada por la ventana. Ella esperó a que él se fuese para seguirle y confirmar donde vivía, un lugar cercano al que nos encontrábamos, un sitio aparentemente abandonado. En ese momento, comencé a cuestionarla. ¿Por qué un tipo vestido con traje viviría en un lugar abandonado? Si era un acosador o peor, un violador, ¿por qué no mejor contactar a la policía?. Sus respuestas fueron contundentes: “primero debo asegurarme de que sea él y no tengo pruebas. Si me crees o no, ya no importa, iré sola a buscarle”. Tomó sus cosas y se fue del local. No dudé en ir tras ella.

Luego de mis disculpas y un abrazo de parte de ella llegamos al lugar, un sitio bastante macabro. El sol ya comenzaba a desaparecer en el horizonte. Cuestioné que ingresásemos de noche al sitio, pero ella argumentó que sería más fácil ocultarnos ante cualquier situación y, sin más, le ayudé a mover unos escombros para encontrar una entrada a aquel almacén o lo que fuese. El lugar era sombrío, olía a humedad, orina y algo más; nos escabullimos como pudimos entre cajas de cartón, armazones de máquinas polvorientas y estantes gigantescos. Confirmamos que nos encontrábamos en una bodega ayudados por las linternas de nuestros celulares. Pronto encontramos una estancia más despejada, rodeada de grandes torres de cajas y, en medio, una amalgama similar de cajas, pero apoyadas en el piso. En un rincón se veía un perchero, un escritorio con un bolso, entre otros utensilios. Jessica comenzó a acercarse al escritorio y revisó lo que estaba ahí. Yo me quedé observando. Poco después, algo que estaba en medio comenzó a moverse y una figura comenzó a surgir. El miedo me invadió, lo que me llevó a huir sin detenerme a pensar en Jessica. Escuché su grito ahogado atrás y no me detuve hasta llegar a casa.

Desde ese día creo verla en la multitud. Tuve que cambiar de número, era acosado día a día por llamadas. Cuando contestaba usualmente escuchaba una respiración al otro lado. Una vez me dijo “ayúdame” y fue cuando cambié el número. Al poco tiempo, en las noticias apareció su foto. Estaba siendo buscada y yo aparecí como culpable, fui la última persona con quien la vieron. Tuve que dejar todo y comenzar a vivir en la calle. Sin embargo, no todo fue alivio, muchas veces creo ver a un sujeto mirándome y en otras creo verla a ella a lo lejos… Cuando vuelvo a mirar, ella ya no está. No sé si me creerás, soy un vagabundo en esta ciudad, un mendigo hablando incoherencias, pero de verdad te digo que ellos nos están observando ahora y esperan un poco de tributo de tu parte. A mí me lo han pedido en otras ocasiones.

CASTIGO

“Vamos a jugar a un juego, ¿queréis? Llamaremos a este juego… justicia. Las reglas son sencillas, no os preocupéis, hasta un par de mierdas latinas como vosotros serán capaces de entenderlas. Yo haré preguntas. Vosotros las responderéis. El que responda mejor, ganará. No, no es necesario que os quite la mordaza, bastará con que afirméis o neguéis con la cabeza. ¿Lo habéis entendido? Así me gusta. Pues vamos a jugar.

La inquilina del apartamento trece, la señora Wozniak, murió hace un par de noches. ¿Os suena? ¿No? ¿Seguro? Qué raro. Fue muy comentado. Una señora tan mayor, siempre tan amable, entrañable incluso, asesinada con tanta violencia, dicen que incluso violada… Ts ts. Qué tiempos estos. ¿Entonces no sabéis nada del tema? ¿Y si os digo que al perdedor de nuestro pequeño entretenimiento, de nuestro jueguecito, le mataré? Vamos, pareja, habéis visto lo que le he hecho a vuestro amigo. Y sobre todo habéis visto cómo se lo he hecho. De vosotros dos, el que conteste peor, perderá. Y el que pierda, morirá…

Ah, vaya, así que tú sí recuerdas a la señora Wozniak… Bien, bien… Entonces a lo mejor también sabíais que la señora Wozniak guardaba en su trastero una importante colección… En concreto, me la guardaba a mí. ¿Os suena? Ah, comprendo. Era un secreto entre ella y yo. Pero claro, si un par de cubos de basura de la calle como vosotros entraban a robar a su casa, podrían haberse enterado también de nuestro pequeño secreto…

¿Os sorprendió lo en forma que estaba ese vejestorio, verdad? ¿Se defendió hasta el final, eh? No hace falta que me contestéis a eso, veo sus arañazos, y sus golpes en vuestra piel. Mmmm… Lo que quiero saber, lo que de verdad quiero saber, es… ¿quién de vosotros dos la mató? Y sobre todo… ¿lo de la violación de quién fue idea? ¿fue antes o después de darle matarile? Vamos, vamos, que no tengo toda la noche. Vaaaaya…. Tu amigo vuelve a tener su respuesta muy clara, colega. Y no ha tardado ni 5 segundos en señalarte con su cabecita. ¿No lo niegas? ¿Entonces, qué? ¿Te la pone dura que te zurren? ¿Os es que te van los pellejos colgando? ¿o los cuerpos inmóviles? Bueno, en cualquier caso, ya no importa, tenemos un ganador. Y por lo tanto, también tenemos…

… a nuestro perdedor.

Mmm, no está mal. Aunque todos los morenitos tenéis el mismo regusto a barro. No se si es por la vida de mierda que lleváis, por lo que coméis, o tal vez sea genético… En fin. Tranquilo, al ritmo que estás perdiendo sangre, morirás en un par de minutos, pero no creo que te mantengas consciente más de unos segundos más. Eso es… buenas noches, bello durmiente.

Lo que nos deja, al menos por el momento, a ti y a mi solos. ¿Te das cuenta lo mierda que eres? No has tardado ni quince minutos en delatar a tu compañero, y ni siquiera he tenido que retorcerte un dedo o romperte un brazo. Ah… la juventud. En mis tiempos… Pero oye, el caso es que has respondido mejor, y has ganado. El juego ha terminado. Y ahora, si me permites…

… no tranquilo, la navaja no es para ti. Es para mí. No me mires a así. No es que me vayan esas mierdas adolescentes de automutilación. Es otra cosa mucho más interesante. Ves… con un traguito así bastará. Bueno, chaval. Te dejo. Os dejo. Ahora no me creerás, pero en un rato la bella durmiente va a despertar. Y lo va a hacer con muuucha hambre. Incluso pueda que tenga un par de cosas o tres que recriminarte. Seguro que tenéis cosas que hablar, morenitos, así que yo os dejo intimidad, estaré al otro lado de la puerta.

Y por cierto, no te he felicitado por ganar nuestro pequeño juego de antes. Felicidades, chaval. Es de justicia”.

PINCELADAS DE INMORTALIDAD

Estaba tumbada en el diván de terciopelo burdeos. La blancura de su piel no se distinguía de la sábana de lino que completaba la estampa. Con un gesto de languidez y los brazos sobre su cabeza posaba con una naturalidad pasmosa.

– ¿Segura que no queréis que avive el fuego? Ahí fuera está cayendo la nevada del siglo.

– No os preocupéis por mí. Continuad.

– Mi querida Alejandra. ¡Voy a haceros inmortal!.- El artista se emocionaba con cada pincelada, con cada depósito de pintura sobre el lienzo.

Alejandra se esforzó por no soltar una carcajada que le hiciera perder la pose y simplemente amagó una curva en sus labios.

– ¿Inmortalidad? ¿Acaso sois capaz de tan siquiera rozar su significado? La inmortalidad va más allá de los acontecimientos que se acumulan como los granos de arena de la playa; es ver que los años se desprenden y pasan como las hojas de un árbol que arrastra el viento; sólo una ola más del tiempo que rompe contra las rocas, para repetir lo mismo una y otra vez.

Más enamorado que nunca de ella, Pablo la miró borracho de su belleza, de la tersura de su piel que ignoraba el frío diciembre de Madrid, de la luz de sus ojos que absorbía y competía con el fuego que templaba la sala.

– Si finalizáis este cuadro con éxito, tal vez yo os pueda mostrar lo que es la Inmortalidad.

DECEPCIÓN

Jonas hincó las rodillas en la arena de la playa, en la zona en la que todavía es tan fina que apenas se puede distinguir su aspecto sólido del líquido del agua del mar con la que se mezcla. La luna brillaba en medio de una sábana de estrellas, y la brisa era suave y algo calurosa como correspondía a la época del año. Estaba exhausto. Había logrado escapar a duras penas, remando en un bote de madera a merced de las olas en medio de la noche hasta quedar casi sin resuello. De rodillas, pensaba en sus últimas y erróneas decisiones. Había decidido alejarse de la seguridad de la costa africana, la cual le habían obligado a seguir, para llevar el rumbo desde el Estrecho hacia las islas italianas. Confiaba en que allí podría obtener algún beneficio extra por las mercancías, un incentivo que poder gestionar luego por su cuenta.

No contaba con la cercanía de la Sombra Errante. El inmenso buque parecía frágil, tanto como los seres de pesadilla, huesudos y muertos tiempo atrás que lo gobernaban bajo la capitanía de un reconocido pirata siciliano. Pensaba de hecho que no era más que una leyenda propia de los cuentos infantiles que se contaban a la luz de velas y antorchas para perturbar el sueño y la imaginación de los niños.

Su ingenuidad se había dado de bruces con la realidad en forma de brutal abordaje.

Jonas alzó la vista y vio a Youssef acuclillado frente a él. No lo había visto venir. Nunca lograba verlo venir. Simplemente estaba allí, como si siempre hubiera estado allí antes. Elegante, con sus manos enjoyadas y los aceites perfumados que le daban siempre un olor característico. Con su mirada aguileña, su piel cobriza y su rostro en el que parecía haber siempre una media sonrisa, lo que no era síntoma de que fuera a ocurrir nada divertido.

– Me has decepcionado, Jonas.

El marino agachó la cabeza con un gesto de abatimiento. Sabía que era culpable. Había intentado apostar y los dados no le habían sido propicios.

En ese momento supo que iba a morir.

EL CIELO EN LA TIERRA

La brisa de verano movía suavemente los árboles que rodeaban a la hoguera, meciendo las llamas de un lado a otro. Había hecho un calor insoportable aquel día, pero ahora, al caer la noche, la temperatura se había suavizado y se estaba realmente bien bajo las estrellas. Como era costumbre en estas fechas, un grupo de niños contaba historias de terror en torno a la hoguera en un campamento de verano.

-Y entonces, con un aullido aterrador, el hombre lobo se abalanzó sobre la chica… Fin

El resto de asistentes enmudeció, oyéndose tan solo durante unos largos segundos el crepitar del fuego y el ulular de los árboles.

-¡Bah!, eso no es verdad, los hombres lobo no existen. – Dijo un chico envalentonándose.

-¿Y tú qué sabrás Jason?, ¿acaso has visto alguna vez a alguno?. – Dijo una niña, como intentando retar al chico.

-¡Claro que no Wendy!, por eso tengo razón. – Respondió el chico desafiante.

-Si no has visto a ninguno es porque saben ocultarse, no se dejarían ver por un idiota como tú.

-¡Como me vuelvas a llamar idiota te vas a enterar!.

El tono calmado de la naturaleza fue roto por un estruendo de voces infantiles y reproches.

-Vale vale, está bien, calmaos o nos mandarán a la cama. – Dijo Todd, el más mayor del grupo.

Poco a poco el resto de niños se fueron tranquilizando hasta que el sonido de la hoguera fue lo único que rompía el silencio.

-Si yo fuera un hombre lobo te comería. – Dijo Jason mirando a Wendy y dedicándole un amago de mordisco. Wendy bufó enfadada en respuesta.

-¿Y los fantasmas?. – Dijo otro niño. -Esos seguro que existen.

-Los fantasmas sí que existen. – Le respondió Jason.

-¿Ah sí?, ¿y eso como lo sabes?, ¿los hombres lobo no y los fantasmas sí?. – Le volvió a replicar Wendy.

-Claro, los fantasmas existen porque si no, ¿que hay más allá, cuando morimos?.

-Ángeles. – Dijo una niña que era la más pequeña del grupo.

-¿Ángeles?, ¡qué tontería!, no dices más que tonterías, Ana. – Dijo Jason siempre con su actitud desafiante.

-Los ángeles existen, la señorita es uno de ellos.

Todos callaron súbitamente.

-¿Como que… la señorita es un ángel?. – Preguntó Wendy.

-Sí, es un ángel, cuando estoy con ella me siento bien, como si estuviera en el cielo, seguro que lo es.

Los niños se miraron unos a otros, las caras de preocupación se cruzaban de lado a lado de la hoguera, todos silenciados por el comentario de Ana. Esta vez nadie se atrevía a romper el silencio.

Tras unos segundos largos e insoportables, la voz de una mujer fue la que quebró el silencio.

Como salida de la oscuridad, una mujer alta y rubia observaba a los niños con unos ojos de un azul gélido, sin pestañear.

-¿Como estáis niños?, ¿os lo estáis pasando bien?.

Unos débiles “sí” surgieron de entre algunos de los niños, manteniendo la vista en el suelo sin mirar a los ojos a la mujer.

-Bien, me alegro. Por cierto, necesito un segundo que vengas a mi cabaña Jason, tengo algo que decirte. –

Dijo la mujer mientras echaba a andar hacia la pequeña casa de madera que había tan sólo a unos metros de allí.

-Sí, si señorita Amelina, ahora voy. -Dijo Jason con voz temblorosa.

Jason se levantó y fue mirando de manera tímida a la cara a los otros niños uno a uno mientras dirigía sus pasos hacia la cabaña.

Todo quedó en silencio nuevamente, hasta que momentos después unos débiles gemidos que se intuían de placer se oyeron desde el interior de la cabaña.

La pequeña Ana esbozó una inocente sonrisa.

-Os lo dije.

SIC SEMPER TYRANNIS

Las luces de neón del cartel del local parpadeaban inseguras. “The Red Noise”, se leía, con bastante nitidez a pesar del desgaste. El barullo de las voces que subían desde el nivel de la calle indicaban que el ambiente del interior empezaba a ser intenso, lo normal para un fin de semana.

La mujer, observando desde la azotea donde estaban reunidos, se cruzó de brazos. Su rostro mostraba una expresión malhumorada, aunque era la que siempre adquiría cuando simplemente estaba pensando con profundidad.

Los demás estaban a su lado, mirando en silencio como ella. Estaban expectantes, pues tras años de planificación nadie se atrevía a preguntar si había llegado al fin el momento. Esperaban que ella, aquella que había motivado sus ambiciones, diera el pistoletazo de salida.

– La llegada del Tremere es un problema –dijo una voz masculina que ella reconoció de inmediato. Tras tanto tiempo juntos, imposible no hacerlo.
– O una oportunidad, según se mire – respondió la agradable pero altiva dama que se mesaba el pelo. Se lo cortaba cada noche desde que habían empezado a planificar y nunca estaba del todo satisfecha con ello. – ¿No crees?

Ella alejó sus ojos del Red Noise y observó a la otra mujer. Al cabo de unos segundos, asintió lentamente.

– Es una variable. Pero puede tornarse en nuestro favor. No creo que Alistair o la Reina hayan dejado que venga a la ciudad sin pedir nada a cambio, pero eso no significa una alianza. Tengo planes para él.

La puerta del local se abrió, justo para dejar salir a una muchacha adolescente. Parecía ir vestida como una de las camareras y estaba tomando el aire, acalorada. La reconoció como la muchacha que había sido rescatada por la joven Nosferatu, hacía unas cuantas noches. Eso hizo que un pensamiento se cruzase por su mente y miró con dureza a los demás conspiradores.

– ¿Tenéis a vuestros contactos atados en corto?

– Todo lo controlados que se pueden tener –dijo el hombre, poniéndose las manos en los bolsillos. Aun estando encorvado como siempre iba, su altura seguía siendo considerable.

– Bien. No nos interesa que vean la conexión. No por el momento.

– ¿Por el momento? –preguntó la mujer, dejando el paz su pelo al fin- ¿Qué quieres decir?

Llegará la noche en la que el orden desaparecerá y aquellos cobardes que se han alimentado como parásitos buscarán un nuevo rostro al que rendir pleitesía. En ese momento, buscarán desesperados nuevos maestros. Aquel que es capaz de robar una corona y mantenerla, es la voz fuerte.

Una suave brisa cruzó la azotea, lo suficientemente fría como para recordar que el otoño empezaba a preparar el camino para el invierno. El corazón de los que estaban reunidos hubiera latido con fuerza, de no ser porque la vida había abandonado sus cuerpos décadas atrás.

– Alcemos la voz, pues. Dad la orden.

LA SANGRE

El sentido de la existencia

Los hombres solamente tienen un propósito en la existencia: la cópula. Las velas, la conversación, incluso la amistad, son meros medios. Al igual que lo son el coche, el dinero, la empresa, el éxito, los estudios, la ropa, el deporte, las relaciones con otros machos. Todo son molestias y esfuerzos por tal de conseguir aparearse con más y mejores hembras.

Los no muertos somos parecidos, pero en vez de fornicar con nuestros cuerpos estériles buscamos lo único que nos mantiene en pie: la sangre. Muchos se preguntan qué lleva a uno de nosotros a desafiar al más fuerte del lugar y embarcarse en una guerra de todo o nada para ocupar su puesto, convirtiéndose en el nuevo punto de mira de todos los bastardos ambiciosos. No es más que decidir los dominios de caza, y quedarse con los mejores: los que tienen más presas, las más sanas, las más atractivas y las más dispuestas.

Los vampiros más antiguos, los que tienen poder por encima de Príncipes o incluso Justicars, son famosos por sus tremendas conspiraciones, capaces incluso de cambiar toda la sociedad mortal para dar un paso en sus planes. Pero estoy seguro que a su vez cada plan en sí es un paso para beber más y mejor sangre.

Mientras tanto, los locos del Sabbat, diga lo que diga la cháchara que predican por la calle, se lanzan de forma suicida al asalto de los feudos de los antiguos porque no están conformes con el reparto de la caza, y vuelven la espalda a su lado humano sin duda para saborear sin remordimientos el mejor trago de un mortal, que siempre es el último. Habiendo llegado hasta ahí, el siguiente paso es perseguir la sangre más exquisita, la de los otros no muertos. Puede que digan que lo hacen para obtener su alma con alguna justificación espiritual, pero al final deberían admitir que lo hacen tan sólo por el placer de beberla.

Incluso si su propaganda fuera cierta, nuestros progenitores esperan en sus tumbas, conspirando sedientos para preparar el mundo para el momento en el que se alzarán de nuevo en busca de sangre. De nuestra sangre.

Los Sabbat son como animales salvajes, pero no son tan distintos de nosotros. Al fin y al cabo todos los vástagos somos una misma especie, bajo la piel tenemos las mismas necesidades y anhelos, o debería decir la misma necesidad y el mismo anhelo. Aunque generalmente no queramos admitirlo porque somos tipos muy civilizados, somos casi iguales, simplemente, más complicados.

Las reverencias ante el príncipe, la sonrisa complaciente dedicada a la arpía, las reuniones de clan, las empresas y los testaferros, todo lo que hacemos cada noche son actos vacíos, aburridos para nuestros cerebros muertos. Si no fuera por el momento en que termino de todo eso y me pongo frente a una presa de rosadas mejillas y delicioso aroma y paso la lengua por mis colmillos anticipando el sabor de su cálida vitae. Entonces es cuando todo cobra sentido.

Muchos se preguntan como tú por el propósito de nuestra existencia. Es la sangre, hijo, nada más.

About Voivoda de Castilla

Fundador de www.webvampiro.com

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