Viernes Negro

Viernes negro
Nov
24

Viernes negro

Como otras tardes, Laia acudía al llamado de su maestra, dirigiéndose a la cabaña en que habitaba en medio del bosque, haciendo el mismo recorrido que había hecho un millar de veces con gentes que acudían a ver a Ainha. Algunos la llamaban bruja, pero nadie ponía en duda –bajo el nombre que fuere- las habilidades curativas y sanadoras de la mujer. Desde alivio de dolores que la medicina moderna no conseguía paliar a conseguir que quedaran encintas mujeres sin esperanza alguna- como si ella misma crease la vida en su interior- todos buscaban el milagro de la “meiga da fraga negra”.

Aunque ya hacía tiempo que Laia se ocupaba de gran parte de aquellos que venían buscando los milagros de la meiga, aquel día la anciana se hallaba postrada en cama sin poder casi articular palabra, desencajada su faz en una mueca de dolor.

Sabía que ese no era un indicio bueno. La Noche Sin Luna de ese viernes sólo presagiaba males. En los noticiarios se hacían eco del eclipse de luna, un fenómeno si no atípico, al menos llamativo y para cuyo espectáculo se preparaba la gente a pesar del anuncio de las nubes que lo ocultarían. Eran las tres de la tarde, pero parecía que la noche estuviese impaciente por avanzar y anunciar su llegada. Un manto oscuro y denso fue cubriendo el cielo desde Santiago hacia el oeste sin que nada, ni siquiera el sol que buscaba su guarida, pudiera ganarle la batalla.

Llegada la hora del ocaso, Laia cubrió su pelo caoba con su capa, para cubrirse de fríos, nieblas y orvallos. Las nubes huyeron para dar paso a aquella noche sin luz en la que había convocado una reunión de la cábala y ella tendría que participar en nombre de su maestra para actuar en como su representante en el ritual. Temía no saber canalizar la energía que iban a manipular. Aunque estaría acompañada por otros maestros, le invadía el miedo al error. A otros magos con mayor experiencia que ella les había sucedido y el precio por manipular la vida y la magia había sido alto.

Ya era noche cerrada cuando alcanzó el punto de encuentro. Allí hombres y mujeres de edades variadas se posicionaban en torno a un altar de piedra granítica donde un bulto de telas yacía.

– Acércate, Laia, te estábamos esperando.

Le tendió la saca con ingredientes que su maestra le había encargado llevar y tomó la mano de Breixo, también mentor suyo. Éste inmediatamente tiró de su brazo y cortó su muñeca en un rápido movimiento con una fina daga de azabache. La sangre manó con fuerza, y Laia veía cómo se derramaba sobre el bulto que descansaba sobre las piedras. Cuando ya empezaba a palidecer, le dejaron ir y le indicaron su posición en el círculo. Unos jóvenes iban pasando los distintos elementos del ritual a los magos, quienes lo iban ejecutando en una fluida coreografía sin que Laia entendiera nada mientras esperaba por instrucciones y cortaba la hemorragia con una pieza de lino blanco que apresuradamente se fue tiñendo de color carmín.

Aún esperaba a que le explicaran algo más sobre el objeto de la reunión cuando una ráfaga de viento apartó parte del lienzo que cubría el bulto manchado con su sangre y que ahora empapaban óleos, hierbas y vísceras de animales. Un mechón cano de Ainha resbaló y le dejó ver la cara de su maestra exánime.

Sin tiempo a reaccionar se vio sumergida en la salmodia de sus compañeros, cantando e invocando a la fuerza de la vida que habitaba el epicentro del bosque; dibujando runas en la roca y en la piedra; su sangre hervía como metal líquido. En un toque de dramatismo o de acertado control del tiempo, el último rayo de luna se esfumó con el fin del cántico de los hombres y mujeres que allí se encontraban, y el calor acumulado en su cuerpo desapareció repentinamente.

Cuando la luna volvió a asomarse, Laia se encontró sola en el claro. Fijó su vista con esfuerzo en el altar de roca para comprobar que una cápsula sedosa cubría a su maestra. El miedo la paralizó por un momento… Posteriormente huyó a través de la arboleda. Con la mente nublada, confusa y aterrada volvió a su casa, sin darse cuenta de que lágrimas recorrían sus mejillas. Sin saber cómo, se desvistió y se metió en su cama intentando convencerse de que nada era real.

Al día siguiente fue a buscar a Ainha, con un peso sobre el pecho, rezando para que estuviera bien y que ninguna de las sustancias con que forzaba habitualmente a su cuerpo y mente le hubiera jugado una mala pasada.

Cuando llegó a su cabaña, una joven Ainha, sin canas, ni arrugas que surcaran su cara, estaba sentada en la vieja butaca, armando hatillos de hierbas, y lo que parecía un gigante capullo de mariposa ardía en el fuego de la chimenea, mientras el corte de la muñeca que había olvidado volvía a estallar en llamas.

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