Cuento de Halloween

Cuento de Halloween
Oct
31

Cuento de Halloween

Jayden entró al salón de la casa justo al momento de salir el Sol por el horizonte. Una neblina enfermiza había dibujado esa mañana el cielo de Kansas, como apagando un Sol declarado en quiebra con tonos mostaza y vómito reflejados en las pared blanca del portal central. La luz parecía llegar desde años luz más allá de donde normalmente viene. Al mismo tiempo, sus hermanos Dick y Marie entraban al mismo salón por un agujero detrás del mueble bar que habían estado escarbando en silencio desde hacía ya no se sabe cuántos meses, todo para este momento. Jayden sabía que eran ellos, porque no podía ser de otra manera. Él también había estado haciendo preparativos para esto.

Dick asomó primero su cabeza desde detrás del mueble, dejando ver unos ojos nobles pero cansados y envejecidos, lejos, muy lejos de ser los del niño que aun todavía estaba condenado a ser. Marie, se sumó dejando ver sus rizos bien cuidados, de niña sonriente y mentirosa, y sus ojos de cuervo… literalmente los ojos de un cuervo. Asomada a la ventana, una figura esbelta y rubia tarareaba con paciencia una canción fea y triste. Su espalda estaba desnuda y se podían distinguir los sensuales y suaves accidentes geográficos de su cuerpo, arqueada como si estuviera preparada para media hora más de sucio y furioso sexo.

Dick lanzó una mirada cómplice a Jayden y, en total silencio, se agazapó detrás de la madre y sacó un cuchillo oxidado de hoja mellada. Lo levantó y respiró una última vez antes de asestar su contumaz puña…

– ¡Espera! – gritó Jayden carcomido por el remordimiento prematuro ante un matricidio merecido, y en ese momento la madre dio vuelta a su cuerpo desnudo rápida y súbitamente. Mostró en su rostro unos ojos saltones casi salidos de sus cuencas sangrantes y un ceño demasiado fruncido en su expresión demoníaca como para ser natural. Los tímpanos de los tres hermanos comenzaron a vibrar al escuchar sus dementes carcajadas salidas de una boca grande, demasiado grande, llena de rocosos y afilados dientes de color gris y amarillo, y labios medio colgando que dejaban escapar pus hacia el suelo. La madre reía a carcajadas y los niños cayeron al suelo asustados. Y justo en ese momento sacó una pala cargada de tierra húmeda, negra y apestosa la depositó justo delante de ellos.

¡Jayden, busca a tu hermana! – y los ojos se le entornaron en su mueca mientras no paraba de reír fuera de sí y tocarse sus pechos perfectos.

¡Jayden, eres gilipollas! – gritó Dick, pero Jayden no podía atenderle. Sus ojos estaban fijos y helados de terror ante la pala. Rápido hundió sus dedos en la tierra y en ella encontró los dedos que buscaba, sacando al aire nauseabundo una mano joven y deteriorada, llena de muescas y mordiscos que sólo en algunas partes revelaba la dorada piel de su original anfitriona.

¡La estuve royendo mientras lloraba! ¡Qué precioso es sentirse deseada, verdad! -gritó la madre fuera de sí y esputó trozos de carne dorada-. Luego se la corté y me masturbé con ella mientras miraba… ¡jajajaja!


La madre se levantó amenazante, dispuesta a asesinar a los tres niños. Jayden agarró un cuchillo de metal y lo apoyó en el pecho de la madre, hundiéndose en ella y dejando salir pus de su piel tersa y suculenta. Con sus brazos largos y fuertes, la madre podía haber despedazado de un guantazo la cabeza de Jayden, pero sólo quedaba ahí mirándolo con sus ojos amarillos y saltones, lagrimeando sangre y espuma de bilis, y su sonrisa abierta que le ocupaba toda la cara.

Dick y Marie se agazaparon detrás de Jayden, quien era mucho más grande que ellos. La madre les vomitó encima y seguía tosiendo y riéndose a carcajadas. Los niños salieron despavoridos del salón hasta el exterior de la casa. Una vez fuera vieron como la madre les saludaba desde dentro, sonriendo y mirándoles fijamente mientras sostenía por el dedo meñique la mano roída de su hermana. Marie empujó a Jayden hasta caer y comenzó a azotarle con todas sus fuerzas por su traición. Dick comenzó a llorar desconsoladamente, sabiendo que la única salida a aquella prisión acababa de haber sido cerrada con llave, y la llave tirada al mar. Jayden recibió los golpes entre lágrimas de arrepentimiento por haberse portado bien.

Una vez hubo terminado, Marie corrió hacia el corral de la casa. Entre sollozos pensó en su hermana, en lo que odiaba lo presumida que era. Pensó en su madre y en cómo todo había comenzado siendo un juego, uno en el que ahora toda su vida se había sumergido, una pesadilla hecha realidad. Y mientras lloraba encontró a Caleb saliendo del pantano, con sus cuartos traseros llenos de cieno y su piel blanca como la nieve. En una expresión de eterna tristeza le susurró entre los arbustos. Marie asintió y juntos se disolvieron entre la oscuridad del amanecer y la neblina del pantano para siempre ser olvidados en el etéreo infinito.

Dick sacó la pistola que Lucas guardaba en su caja de trastos. Sin dudarlo un momento se apuntó al cuello, debajo de la cabeza, dudó por un momento entre lágrimas y apretó el gatillo. No hubo disparo. Dick apretó el gatillo una vez más, y otra, desesperadamente hasta sentarse rendido en el suelo. Abrió la pistola y estaba pero no estaba vacía. Apuntó a Jayden y disparó una y otra vez contra su hermano. Pero la pistola de Lucas no parecía funcionar. Se la tiró a la cara y comenzó a andar hacia la niebla del amanecer, de aquel eterno amanecer enfermizo que quién sabe cuántos años llevaba igual. Mientras caminaba pensó en su casa, en su familia, en todo lo que había dejado atrás por perseguir sus sueños. Se sintió solo y sin esperanzas, y una sensación gris plomizo le abordó la garganta. Conforme salía del Ensueño, a cada paso, su cuerpo se hacía más y más pesado, pasando del viejo y arrugado hasta el podrido y decrépito. Sin sentir la influencia del Glamour en su cuerpo, Dick volvió a tener ciento doce años, siendo un abuelo loco que salía por la boca del metro de Moscú. Cayó al suelo bajo la lluvia, asesinado por un triple infarto cerebral, abandonado al mundo banal y sin sentido.

Jayden le vio alejarse. Ya no había más Dick ni Marie, ni Caleb ni Alex… ni su querida hermana. Ya sólo quedaba él jugando en el parque. Todo había llegado demasiado lejos. El niño perdido se asustó al comprobar que la madre seguía ondeando la mano dorada, mirándole fijamente. Las carcajadas llegaban a herirle los tímpanos incluso desde fuera de la casa. Se levantó y tomó la pistola de Alex, y abrazándose a ella entro de nuevo en la casa. A matar a la madre o a abrazarse a ella para siempre.

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One comment

  • Victoria Rain
    Nov 1, 2017 @ 11:59 am

    Madre mía, parece un capítulo de American Horror Story. La palabra terrorífico se queda corta. Está genial, garbansito 🙂

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