La bella bestia

La bella bestia
Nov
21

La bella bestia

Llovía a cántaros en la ciudad de Nueva York, era una noche fría de noviembre. Eran las ocho de la tarde y el sol llevaba ya cerca de una hora ausente, la ciudad se iluminaba con las luces de las farolas, los faros de los coches y los resplandecientes letreros que decoraban los edificios y escaparates. La intensa lluvia añadía a este ambiente un aire de magia, formando un paisaje que no se podría describir de otra manera mas que como onírico, mientras las luces se difuminaban en la distancia, formando un collage de colores al filtrarse a través de la lluvia. Incluso los enormes rascacielos, tan fríos a plena luz del día, añadían su presencia al conjunto con las luces de las ventanas, haciéndoles parecer gigantescos árboles de navidad alzándose hacia el cielo.

Nadie se molestaba en tomarse un minuto para admirar todo esto. Al fin y al cabo, esta es la ciudad que nunca duerme, aunque deberían llamarla también la ciudad que nunca para. Gente de todo tipo, incluso personas mayores, corrían de un lado a otro, con sus mentes ocupadas tanto por la lluvia como por sus quehaceres. Todo parecía desarrollarse a cámara rápida y nadie quería rebajar el ritmo.

Bueno, todos salvo ella.

El hombre se la encontró en una intersección, al otro lado de la calle, casi como una aparición fantasmal, o la visión de un ángel, con su aura de inocencia y ese aire despreocupado.

Era una joven bastante guapa, tal vez no una super-modelo, pero tenía una genuina belleza, de esa que no puede otorgar ningún maquillaje ni las luces adecuadamente enfocadas de una sesión fotográfica para una revista masculina. Caminaba despreocupadamente por la acera, sin paraguas, pegada a los escaparates de las tiendas que la resguardaban de la lluvia, aunque no parecía molestarle que de vez en cuando el agua mojase su melena cobriza. Era un color demasiado claro para ser castaño, pero demasiado oscuro para ser pelirrojo, la llevaba suelta y le llegaba a media espalda, zarandeándose levemente de un lado a otro con su caminar, un caminar tranquilo y pausado, muy disonante con el resto de la gente de la calle. Y eso era lo más raro de ella, en una ciudad de millones de habitantes ella conseguía parecer diferente. ¿Su aspecto? Era guapa, sí, pero no se podría diferenciar de casi cualquier otra chica: ropa informal de calle, con pantalones vaqueros y zapatillas deportivas, un bolso de diario colgado de su hombro izquierdo, una carpeta que sostenía con sus dos brazos entrecruzados, sosteniéndola contra su vientre, una universitaria a todas luces. Su estatura, normal, 1’65 mas o menos. ¿Qué era entonces lo que llamaba la atención de ella?, ¿que era exactamente lo que la hacía especial?.

La chica cruzó la calle, completamente desprotegida de la lluvia, y subió a la acera que lindaba con Central Park, bastante mala decisión si lo que quería era permanecer seca. Los espacios abiertos y los árboles eran los cómplices perfectos de la lluvia para acabar dejando empapado a cualquiera. La carpeta que sostenía también corría riesgo de echarse a perder, y con ella todos los apuntes que llevase dentro. Además, es bien sabido que Central Park no es un sitio especialmente amigable de noche, y menos en una noche como esta.

El hombre esperó siete segundos exactos y cruzó el paso de peatones tras ella, justo a tiempo para llegar antes de que se pusiera en rojo. Llegó hasta las escaleras para ver que ella ya había descendido del todo, se sujetó a la barandilla y la siguió con paso calmado. No podía dejar de intentar imaginar que era lo que le pasaba por la cabeza a la chica.

¿Era la prisa lo que la empujaba?. No lo parecía por su caminar lento y despreocupado. ¿Temeridad?. Bueno, no era exactamente como saltar sin paracaídas, pero cualquier neoyorquino desaconsejaría la ruta que ella estaba tomando. ¿Audacia?. La chica desprendía un aire a inocencia que no pegaba con ese sentimiento. ¿Escapar de la rutina?, ¿una ansiosa de emociones tal vez?, ¿viviendo una monótona vida de estudiante, de clases y de apuntes en la que nunca ocurría nada? Podría ser, pero ese tipo de decisiones motivadas por el deseo de evitar lo cotidiano pueden tener un desenlace fatal.

Me encanta la lluvia, en serio, no sé que tiene la gente en contra de ella, es tan relajante.

A la gente le gusta salir de día, cuando hace sol y calor, para tomarse un refresco o un helado y pasear, pero eso es lo normal, pasear bajo la lluvia es diferente, poca gente lo hace, de hecho, nadie que yo sepa, ¿y que más da si me calo de los pies a la cabeza?. ¡Sólo es agua!. Ni siquiera mis apuntes de la facultad me importan, si acaban deshechos se pueden imprimir más, vivimos en una era con ordenadores, impresoras y fotocopiadoras. Para una vez que me doy el capricho no creo que deba preocuparme.

Central Park es precioso, como un rincón de algún enorme bosque justo aquí, en el centro de Manhattan, completamente verde, sin coches, ¡incluso con varios lagos!, me encanta pasar por aquí a cualquier hora del día, incluso de noche, o lloviendo como ahora. Nunca me ha pasado nada y creo que el riesgo merece la pena ¿verdad?, si estuvieras viendo esto con mis ojos lo entenderías, además, no creo que justo hoy vaya a ocurrirme algo.

Voy en dirección norte, hacia el alto Manhattan, mi piso queda en el Upper East Side, así que tengo por delante el equivalente a unas veinticinco manzanas de paseo, excelente.

Estamos en plena época de exámenes, los llevo bien, el año que viene terminaré la carrera, pero no puedo evitar pensar en mamá y papá, si estuvieran aquí seguro que me presionaban para que me dejase de paseos y estudiase más; eran muy pesados, pero les echo de menos, ojalá no se hubieran ido.

Olvido esos pensamientos mientras me acerco al lago Jacqueline Kennedy, es enorme y la lluvia provoca pequeños y constantes saltos en su superficie, el ruido es ensordecedor a esta distancia pero no puedo evitar acercarme más. Ruidosa calma me gusta llamarla, estoy completamente sola mientras admiro ese gigantesco lago, con un millón de gotas de agua repiqueteando en él. Cierro los ojos y me limito a escuchar, privada del sentido de la vista da la sensación de que el murmullo no deja de aumentar y aumentar.

Súbitamente oigo unas pisadas a mi espalda, abro los ojos sobresaltada y me giro. No hay nadie. Tengo el pulso acelerado y no dejo de mirar a un lado y a otro intentando buscar a alguien, pero está demasiado oscuro para ver nada. Me giro y continúo mi camino con paso algo más acelerado, mientras introduzco mi mano en el bolso.

Casi me ve, eso me pasa por querer precipitarme, ¿recuerdas la última vez?, ¿quieres que pase lo de la última vez?, ¿no verdad?, pues espabila.

Está metiendo la mano en el bolso, busca algo… el móvil, lo abre y se pone a marcar apresuradamente, ya la has cagado, va a llamar a alguien y… un momento, está hablando, dice algo de su novio, ha quedado con él, ya está llegando… no, su ingenuidad la delata, está mintiendo.

Ya he visto algo similar otras veces en otras chicas: pretenden llamar a alguien que está a punto de encontrarse con ellas y así asustar a un posible agresor. Lo siento, preciosa, eso no va a salvarte de mí.

A decir verdad, este es un momento perfecto, estamos solos, zona oscura, nadie a la vista, principio de la noche… pero no las tengo todas conmigo, es una zona muy abierta y cualquiera que pasase cerca por aquí podría vernos. No me gusta que me interrumpan y soy paciente. Además, esta manera de postponerlo, este sentimiento de anticipación me encanta, cuando sé que las tengo donde yo quiero y que su destino está sellado.

Ando deprisa, asustada, ha sido un error entrar aquí sola de noche, a una zona tan solitaria y lloviendo, sin haber avisado a nadie, soy una estúpida. Rezo para mis adentros por que tan solo haya sido mi imaginación, tal vez haya sido solo eso, la lluvia hacía mucho ruido y hubiera sido imposible oír a nadie. Giro lentamente la cabeza mientras no dejo de caminar y es entonces cuando lo veo: un hombre mayor, de unos treinta y cinco años, blanco, rubio, con algo de sobrepeso, grande. Me mira fijamente con unos ojos azules que no parpadean, su cara es grotesca, con una media sonrisa que hace que su mejilla quede retorcida en una posición que casi no parece humana. No puedo evitar soltar un grito y echar a correr.

Es ahora cuando empieza lo divertido, cuando saben lo que se les viene encima… o lo imaginan.

Ella echa a correr asustada, deja caer la carpeta con los apuntes y el bolso. Chica tonta, ¿ni siquiera un spray anti-violadores?, craso error. No tienes adónde ir, hay cientos de metros en cualquier dirección hasta llegar a la calle, y no hay nadie por los alrededores, tampoco pienses que me vas a dejar atrás. Aunque tenga complexión algo fofa, soy capaz de correr bastante, de hecho jamás ninguna chica se ha conseguido escapar de mí a la carrera.

Corro sin mirar atrás, con lágrimas en los ojos, he dejado caer mis cosas, de poco me servirán si ese hombre me alcanza. Mi mente juega conmigo imaginándome lo que quiere de mi, la adrenalina hace que se dispare el pulso y el miedo atenaza mi corazón, se me va a salir por la boca. Veo un pequeño túnel peatonal que pasa bajo una de las carreteras del norte del parque, espero poder sacarle ventaja dentro y corro todo lo que puedo.

Entro en el túnel a toda prisa y recorro los apenas veinte metros que tiene de largo como alma que lleva el diablo, veo lo que mis lágrimas me permiten, pero desde aquí se puede ver la calle, en cuanto salga del túnel tengo otros cincuenta metros de carrera hasta la calle y estaré salvada, ese gordo no podrá pillarm…

Mis pensamientos se cortan abruptamente cuando veo su figura aparecer en la salida del túnel. Caigo al suelo agotada, con una mezcla de entre terror y desesperación, sollozo sin poder evitarlo. Viene hacia mí con paso decidido, sus manos van hacia su cinturón y empieza a desabrochárselo, retrocedo arrastrándome por el suelo, aterrorizada, las lágrimas recorren mi rostro, el pesar me vence y dejo caer mi cara sobre mis manos.

El hombre se acerca andando y se queda de pie mirando a la chica, la cual está hecha prácticamente un ovillo. Con voz ronca y queda le dice: “¿Sabes cuál es mi debilidad?, que me encanta jugar con mi presa”.

La joven deja de sollozar y apenas conteniendo las lágrimas le responde: “¿Y sabes cual es la mía?”-dice la chica mientras levanta el rostro.

Una sombra de duda asomó por el rostro del hombre, que no tardó en convertirse en absoluto terror. El semblante de la joven había cambiado, con unos intensos ojos rojos inyectados en sangre y una monstruosa boca repleta de colmillos, tan grande y abierta que casi le partía la cabeza en dos.

– “Que me encanta jugar con la comida”.

 

 

La imagen utilizada es propiedad de White Wolf Publishing AB y se utiliza con permiso. Todos los derechos reservados. Para más información, visita white-wolf.com

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