Noite de Maios

Noite de Maios
Abr
30

Noite de Maios

Laia vagaba por el bosque en la zona más próxima al río. Ainha le había encomendado recolectar maios para las gentes de la aldea que estaba impedida y no tenía capacidad para recoger las plantas para prevenir sus hogares del mal ojo. Además esa noche quemarían algunos en la lareira, había algunos que todavía acudían pidiendo su ayuda para asegurar una buena cosecha.

Cargada con un gran hatillo colocado hábilmente a su espalda, Laia observó a Ainha, quien dejaba perderse su mirada en el fuego del hogar.

Parecía que no percibiera que la joven entró en casa cuando empezó a hablar al aire:

Recuerdo cuando mi maestra me hablaba del Walpurgis. Ya te hablé de ella, vivía cerca de Praga…– aunque ahora el cuerpo de Ainha era joven, la edad de su mente no perdonaba en cuanto a la tendencia que tenía en remontarse al pasado.- Entonces la gente necesitaba de verdad nuestra ayuda y nos temían a partes iguales. Miraban con miedo al cielo pensando que lo sobrevolaríamos en nuestras escobas. Es gracioso, ¿verdad? – sonrió casi con incredulidad- Pero desde que la tecnología reina ya somos una sombra del pasado, un resto nimio de la magia que aún queda pero que se desvanece con el encendido de cada bombilla o cada televisor.

Aunque admiraba y respetaba su conocimiento, cuando Ainha se perdía en su memoria, Laia tendía a desconectar su atención cuando los relatos se eternizaban y algo le decía que esta era una de esas ocasiones. Seguro que hay en la aldea hay ancianos que todavía te pueden contar como elegíamos al maio que anunciaría la llegada de la estación verde, como cubríamos a los niños de todas las edades de fiunchos, hierba de Sanjuán y malvas para despedir al invierno. Eso era la forma correcta de hacer las cosas. Ahora si lo hiciésemos, alguien nos denunciaría y nos encerrarían por delincuentes o locas.

Laia empezaba a entender la magia y conocía alguno de sus efectos ya, pero como estudiosa de la medicina moderna a veces le parecía que Ainha creía en la magia de la tierra y las plantas más allá de su verdadero potencial. Aún así, como aprendiz de la meiga, tenía que obedecer. El valioso conocimiento que le estaba legando acarreaba el coste de escuchar y fingir disfrutar de las divagaciones de la vieja Verbena, precio que pagaba gustosa.

Salió como había entrado, sin estar segura de si Ainha realmente había llegado a verla o sentirla. Fue de casa en casa, allí donde vivía alguien demasiado mayor o enfermo para colgar el maio del dintel de la puerta, o en los aperos de labranza. También a petición de algunos más devotos de sus ritos paganos, barría las entradas de sus hogares con una escoba hecha de las ramas de xesta.

Al atardecer, se fueron a la ladera del otero desde donde podían divisarse todos los pequeños campos de cultivos de los habitantes de su aldea. Ainha tenía razón en una cosa: la gente joven ya no pedía por buenas y abundantes cosechas, solo algunos nostálgicos habían colgado las flores amarillas de sus coches. Sólo hombres y mujeres más próximos a su cita con la muerte que con esta vida visitaban el monte esa noche de 30 de abril para ver la hoguera sagrada arder y pedir por una nueva primavera verde y abundante.

Entre el humo aromatizado que flotaba en el ambiente, también pudo observar a su maestra elevar la vista de la hoguera al cielo ya estrellado, no sabía si buscando la luna o a alguien sobrevolando la noche con en su escoba.

About Arya Schwarz