Dalia, una introducción

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Sebastian_Leroux
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#1

Mensaje por Sebastian_Leroux » 24 Abr 2016, 19:24

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Barcelona bullía como un puchero rebosante, macerando al amor de la lumbre. Clup clup clup. Riadas de turistas habían llegado a la ciudad para disfrutar de las fiestas estivales, y eran recibidos con los brazos abiertos por los habitantes de la ciudad mediterránea. Las noches, calurosas y húmedas, se sucedían para uso y disfrute de locales y visitantes por igual. La luna, prácticamente una esfera perfecta, llenaba de luz cada rincón de la ciudad, como si tuviera la intención de que ninguna de las escenas que se iban a representar en las siguientes noches careciera de iluminación suficiente en los futuros recuerdos de sus protagonistas. Empeño inútil, pensó una pequeña figura envuelta en una gabardina de color indefinido que acababa de salir de un callejón. Más luz significa más sombras; siempre.

Gus se apartó la cortinilla de pelo grasiento de la frente, maravillándose de la imagen que le devolvía el escaparate de la tienda de electrónica: rizos negros y sedosos caían hasta sus hombros con gracia. Casi podía sentir en sus dedos el tacto suave del mechón. Casi. Su reflejo le devolvió una sonrisa amarga y la consciencia de que ni después de tantos años podía evitar caer una y otra vez en los mismos derroteros mentales, caminos tóxicos, desgastados de ser tantas veces recorridos. Intentó aligerar su mente anticipando el tipo de mortales que se habría de encontrar una vez llegara a su destino. El Calypso era su coto de caza favorito desde su apertura, repleto de sabores exóticos y familiares por igual. Estimulante. Tranquilo. Seguro.

Entonces lo sintió por segunda vez en lo que iba de noche. Una mirada enganchada en su nuca, como un arpón. Una presencia extraña y no bienvenida. Intentó no parar ni variar su marcha, aprovechando cada espejo, cada charco, cada reflejo casual para encontrar el origen de esa molesta sensación, pero cuanto más se esforzaba, más rápidamente se desvanecía la certeza de que algo o alguien le había seguido. Valoró por un momento contactar con Miquel o Gabo desde una cabina de teléfonos cercana, pero cuando llegó a la altura de esa reliquia de mobiliario urbano ya no quedaba rastro alguno de esa sensación tan molesta en su cabeza. Chasqueó su lengua partida en el paladar, rumiando por lo bajo quejas desconcertadas. Santo les había estado metiendo historias a los nuevos en la cabeza, cuentos de viejas sobre hombres del saco imposibles. Y él también había estado escuchando. Y luego estaban esos ojos. Los ojos que veía siempre que cerraba los suyos propios, desde hacía una semana. Dos almendras blancas con círculos perfectos de color miel y hierbabuena. Casi había olvidado lo diferente que sabía la culpa cuando la vida que se robaba era la de alguien que apenas había tenido tiempo de disfrutarla.

Por fin alcanzó la puerta del local nocturno. No había cola para entrar. Tampoco la habría guardado, los porteros le conocían. Gus echó el último vistazo por encima de su hombro e inició el descenso por la escalera.


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