La escena de Pagliacci es por tanto anterior a la que narro de Nyx y Montecristo, aunque la contestación de Pagliacci sí sería ya en la noche de juego, después de haber sido "operada".

Pagliacci observó la luz que descendía sobre su rostro y que le hacía entrecerrar los ojos notablemente molesta. Los hermanos y primos Shelby eran una visión tremendamente incómoda por su parecido físico, parecían autómatas al tiempo que vampiros, tenían rostros de seres humanos, pero sus movimientos eran un tanto alienígenas. No parpadeaban.
El tacto de sus frías manos era helador y le provocaba escalofríos no en el sentido físico de la palabra, sino en un espacio emocional más profundo. Al menos notaba que la Bestia estaba aletargada, bien fuera por la sangre de uno de los mozos portuarios ofrecido como cena antes de terminar la noche anterior por Adrian, bien por el temor inconsciente a quedarse para siempre en manos de aquel grupo familiar que traía consigo los ecos de leyendas terroríficas de tiempos pasados en los que las sectas vampíricas peleaban entre ellas en lugar de esconderse como ratas de las fuerzas de orden como ahora.
Intentó concentrar sus pensamientos en sus deberes de aquella noche. Podía escuchar a lo lejos las aspas de los helicópteros, ta-ta-ta-ta-ta, un sonido rítmico que le facilitaba no tener que pensar en cómo su rostro parecía moverse como si fuera arcilla. Sentía que perdía... su propia humanidad, que su identidad se difuminaba, sus huesos dejaban de ser duros, los músculos de su rostro eran como barro. La sensación era muy desagradable. Ta-ta-ta-ta-ta.
Melinda.
Montecristo.
Nyx.
Su sire.
Pagliacci intentaba que sus pensamientos fueran un bucle que le impidieran pensar en cómo había entregado probablemente su condenación eterna a aquellos tipos sin alma. Solo el tiempo diría si no había sido peor el remedio que la enfermedad.
Suponiendo que dispusiera de tiempo.
De repente, todo terminó. Dejó de sentir nada en el rostro, apenas un leve cosquilleo que se desvanecía al volver a parpadear. Adrian Shelby, ¿o acaso era cualquier otro familiar suyo?, sostenía un espejo a cierta distancia, lo que obligó a Pagliacci a incorporarse. Hizo el movimiento como si le costara, si bien no sentía dolor. Toda la escena estaba entre lo onírico y lo real.
La Caitiff observó aquel rostro que había en el espejo. No era ella. Aunque había algo... que seguía siendo ella. Era una sensación de valle inquietante que le hizo sentir una arcada sangrienta en la garganta mientras las dudas y, por qué negarlo, el miedo, se agolpaban en su interior. Era ella en el rostro de otra persona.
Otra persona muy parecida a la de aquella mujer afroamericana que sonreía durante la fiesta de inauguración del Studio 54.

Se habían acostumbrado al hedor. Insectos de toda clase se habían pegado a vuestras ropas, pegajosas y malolientes.
A todo se acostumbra uno, al fin y al cabo, pensaba Montecristo. Nyx observó la inmensidad de aquel humedal. Habían descansado allí durante dos días y habían dedicado una noche entera a inspeccionar la cabaña y sus alrededores. Desde aquel lugar pudieron ver un trasiego interminable en el lejano aeropuerto, así como multitud de aeronaves, helicópteros y drones de las fuerzas de seguridad.
Esta era la noche.
Los muertos apenas habían contado su historia. Montecristo había sentido una mezcla de repulsa y de cierta pasión profesional al dedicar horas enteras a investigarlos. La mayoría eran jóvenes, todos habían sido desangrados. Había tatuajes, pulseras, zapatillas de marca. No se les había acumulado allí para robarles o por ningún tipo de retorcida experiencia ritual. Eran simple y llanamente alimento. Alimento para sabandijas que los habían desgarrado dejando heridas como las de animales. Arterias destrozadas, corazones desgajados, venas que salían como tiras de cables de brazos y piernas.
Aquello era una blasfemia. Que su propio Clan pudiera estar involucrado en algo así, en tratar con sabandijas capaces de esa barbarie le generaba profundos deseos de vomitar sangre a Montecristo.
El Tremere aguantó la sensación mientras siguió buscando en los bolsillos de aquellos desgraciados. Había varios teléfonos móviles, solo uno de ellos tenía aún un 5% de batería y pedía un pin para poderlo desbloquear. Otro tenía una caja de madera con varias hierbas que dieron un repentino y agradecido aroma agradable en medio de aquella podredumbre. Una última, apenas una adolescente, tenía otra caja parecida con una serie de pastillas que recuerdan sin mucha duda a las anfetaminas, mezcladas con una cantidad de cenizas de cigarrillos que han tenido que ser guardadas adrede en esa cantidad. Montecristo no ve una línea argumental en todo aquello, pero sí que asume que son ingredientes para algún tipo de preparado.
Desde la aparición de los primeros vampiros de sangre débil, Montecristo ha oído historias y ha visto en ocasiones a jóvenes trapicheando con sustancias de ese estilo. Nunca se había interesado demasiado por aquellos juegos de alquimia callejera que consideraba muy alejados de la verdadera capacidad de la Sangre, pero sabía reconocerlos cuando los veía.
Nyx se alejó unos metros. Notaba a su Bestia muy ansiosa y era consciente, más aún después de las últimas noches, de que la maldición de su Clan se mantenía latente bajo su piel. Había logrado contenerla durante años, incluso había llegado a olvidarse de ella en ocasiones. Pero ser un vampiro es sinónimo de estar maldito. Y una maldición suele manifestarse cuando más problemático pueda ser. Y ahora notaba ese ansia en cada músculo de su cuerpo, el hambre en sus entrañas, sus pensamientos despistándose en imágenes de destrucción. Por eso quiso mantenerse a cierta distancia del Tremere.
Lo último que quería era ser quien apretara el gatillo del fuego amigo.
No obstante, Nyx caminó apresuradamente mojándose hasta los tobillos en aquel humedal infecto. A una distancia aún considerable pudo ver los faros de algún tipo de vehículo que parecía abrirse paso por aquel terreno pantanoso. Montecristo dejó sus pesquisas y se asomó a la noche en aquel lugar dejado de la mano de Dios. No había visto los faros, pero su oído había captado los motores y, además, creía distinguir también otros vehículos que venían en dirección contraria aunque aún no estaban a la vista. Seguramente motocicletas.
La fiesta estaba a punto de comenzar.
OFF: Nyx Ansia 4 + 4 Niveles de Salud superficiales (4/5).
Pagliacci, Ansia 1
Montecristo, Ansia 2
Tiradas de Enardecimiento, please




