Prólogo de Vincenzo.

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Tino
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Prólogo de Vincenzo.

#1

Mensaje por Tino » 01 Mar 2026, 22:13

4 de agosto de 2025. La noche cae sobre Lisboa con esa melancolía dulce que sólo esta ciudad conoce. Las luces amarillas se derraman por las fachadas desconchadas, los tranvías chirrían como recuerdos viejos, y el Tajo respira al fondo como una bestia inmensa y paciente. En una calle discreta, lejos del bullicio del Bairro Alto pero lo bastante céntrica como para no parecer sospechosa, se alza un edificio antiguo de azulejos desgastados. Tercer piso. Sin ascensor. Sin ostentación. Allí vive ella, Sandra, Sire y Mentora. El refugio no es lujoso. Es… correcto. Modesto, para los mortales seguramente anticuado. El parquet cruje todavía con dignidad, hay cortinas de encaje amarillento, lámparas de pantalla de tela, una mesa baja con patas torneadas y, por todas partes, libros. Libros antiguos, encuadernados en cuero, revistas académicas subrayadas, papeles doblados con notas escritas a pluma. Ella está sentada en una chaise longue junto a la ventana cerrada. Un camisón de seda color marfil cae sobre su figura con una elegancia que no es provocativa, sino aristocrática. Su cabello oscuro, perfectamente cepillado, descansa sobre sus hombros. Sus movimientos son lentos, calculados, nada en ella parece casual. No levanta la mirada cuando Vincenzo entra.

—Has tardado.— dice, con voz serena, casi aburrida. Pasa una página. — Pasa y cierra la puerta. Aquí todavía creemos en la intimidad. — El silencio se espesa pero finalmente alza los ojos hacia él. Sus pupilas no reflejan luz alguna. — ¿Sabes lo que estoy leyendo? — Sostiene un libro de cubierta discreta. Título en portugués, pero con un pequeño subtítulo en sueco. — La familia del futuro. — Lo deja sobre la mesa. — Un ensayo basado en lo que llaman la teoría sueca del amor.— Una leve sonrisa, casi invisible. — Una idea fascinante: el amor verdadero sólo puede existir entre individuos completamente independientes. Sin necesidad. Sin dependencia. Sin deuda emocional.— Cruza las piernas con lentitud. — En Suecia diseñaron su Estado del bienestar para liberar al individuo de la familia, del matrimonio por supervivencia, de la obligación económica. El ideal: seres humanos autónomos, autosuficientes… capaces de amar sin cadenas.— Sus dedos acarician ahora delicadamente otra revista. — Y, sin embargo… la paradoja del bienestar.— Inclina la cabeza. — Nunca han estado tan protegidos. Nunca han estado tan solos. — Se levanta y camina descalza por el salón, la seda de su camisón roza el suelo de madera. — La vida, Vincenzo, implica retos. Problemas. Conflicto. Fricción.— Sandra se detiene frente a él.— Cuando eliminas el sufrimiento, eliminas también el propósito. Cuando eliminas la necesidad… eliminas el vínculo.— Su mirada se endurece ligeramente.—Nosotros eso lo sabemos mejor que nadie. — Silencio. — La eternidad no es cómoda. Es exigente. Es política. Es guerra silenciosa. — La vampiresa se acerca a un pequeño escritorio antiguo y toma una carpeta. — En el barrio de Arroios hay una asociación cultural. Charlas sobre modelos familiares alternativos. Debates sobre independencia afectiva. Talleres sobre comunidades autosuficientes. — Sonríe apenas. — Idealistas. Intelectuales. Humanos que creen estar reinventando el mundo.— Le tiende la carpeta a su chiqullo.— Ese local me pertenece… en potencia. Su contrato termina pronto. Necesito que desaparezcan. De manera elegante. Sin violencia innecesaria. Sin escándalo. — Sus ojos atraviesan ahora a Vincenzo. — Convéncelos de cerrar. Divide su junta. Encuentra sus contradicciones. Si es preciso, susurra en las orejas correctas. La independencia absoluta es un mito… y tú vas a demostrarlo. — Se acerca lo suficiente como para que Vincenzo sienta el frío de su no-aliento. — Un Ventrue no conquista con colmillos. Conquista con estructura. Con necesidad. Con dependencia bien administrada. — La vampiresa hace una pequeña pausa. — Haz que se desmoronen por sí mismos. Que su utopía se fracture. Y cuando el último apague la luz… el edificio será mío. — Se aleja con elegancia, retomando su asiento y vuelve a abrir el libro. — Ah, Vincenzo.— dijo sin mirar a su chiquillo- — Recuerda algo más. Los humanos temen la soledad… pero también temen necesitar. Juega con esa tensión. Es la cuerda más fina del alma moderna. —Pasa otra página, despreocupada.— Haz que me sienta orgullosa. — La lámpara parpadea suavemente. La noche apenas ha comenzado y puede oírse a través de la fachada que las calles de Lisboa siguen respirando.

Nota: -1 a tu reserva de sangre por comenzar la noche.

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