Pequeños prólogos

Vampiro. Narran Theazlin y Darkhuwin
Reclutamiento para Escenas Secundarias de Montreal: CERRADO.

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Pequeños prólogos

#1

Mensaje por Theazlin » 12 Ene 2020, 19:44

En este tema aparecerán pequeños escritos (realmente cortos) que son para vosotros, jugadores, y no para vuestros personajes. El objetivo de dichos redactados es dual: ir entrando en la ambientación y que, posteriormente, podáis reinterpretarlos con las informaciones de las tramas.
Queda dicho que lo que aquí se lee es fuera de partida y, por lo tanto, no es información que vuestros personajes sepan.

Y ahora sí, sin más dilación, ahí vamos:
Las arenas del tiempo no siempre consiguen sepultar el dolor y llegar al olvido. A veces nuestra maldición es, precisamente, recordar.

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Re: Prólogos de ambientación

#2

Mensaje por Theazlin » 12 Ene 2020, 20:08

AL ABRIGO DE LAS SOMBRAS

La noche había caído ya sobre la ciudad de Montreal, extendiendo su oscuro manto como si de ríos de agua negra se tratase, aferrando cada rincón y sumiéndolo en las tinieblas. Casi como si fuera el oscuro y deformado reflejo de la ciudad que era de día, las sombras ocultaban aquellos detalles que hacen de un lugar algo conocido y dejaban a la imaginación la creación de los miedos con los que todos poblamos la noche. Los otrora agradables parques que invitan a los humanos a disfrutar de un soleado y agradable día en familia se tornan, al abrigo de la oscuridad, inquietantes parajes cuyas sombras danzantes toman formas turbadoras; y las calles, transitadas y, en cierta medida, acogedoras mutan para mostrar su soledad y parecen transmitir una muda advertencia a través de los innumerables callejones estrechos que, invisibles durante el día, amenazan tras la caída del sol.

Desterrando el silencio que se había adueñado del parque conocido como Square Dorchester, las campanas de la catedral Marie-Reine-du-Monde resonaron reverberando a través de las calles. Once tañidos avisaban de que quedaba una hora para que acabara el día y naciera el siguiente, cuyo destino estaba ya perfilado y del que no podía huir. Irónico paralelismo este de lo que, lentamente, se fraguaba sin ser esa noche ni la primera ni la última de la conjura que se había puesto en marcha.

Entre los árboles del parque, sentado en uno de los muchos bancos de madera que aguardaban inmóviles el paso de las horas, un hombre ataviado con oscuros ropajes y cubierto el rostro con una capucha aguardaba. Aún al ojo atento y entrenado, capaz de ver donde otros solo miran, podrían pasar desapercibidas las señales que revelaban la profunda inquietud de aquel hombre sin rostro ni nombre. Pequeños movimientos más propios de un animal dispuesto a huir ante la más mínima señal de peligro denotaban su profunda inquietud pero puede que una férrea disciplina hubiera conseguido mantenerlos a raya bajo la fachada de una serenidad que, en realidad, no sentía. Cuando la propia existencia pendía de un hilo el instinto de supervivencia mostraba su verdadera fuerza, quebrando cualquier cadena que años de entreno hubieran forjado.

Cuando la última campanada aún resonaba acompañada del eco de otros muchos campanarios que poblaban la ciudad de Montreal, una segunda figura, igualmente vigilante y cubierto el rostro, dejó atrás la Rue Cypress y se adentró en el parque. Su caminar, presuroso, no ocultaba una leve cojera de su pierna derecha, casi inapreciable al abrigo de las sombras, y no fue hasta que llegó a la altura del único banco ocupado del lugar que se permitió un sutil tropiezo que ocultaba la necesidad de estirar tendón y músculo. A continuación tomó asiento y ambos preservaron el silencio reinante durante unos minutos, tiempo en el que la tensión creció y, por momentos, pareció provocar que ese mismo silencio fuera opresivo y casi abandonara su esencia misma para parecerse al grave rumor que provoca un enjambre de insectos. Y con la primera palabra que susurró la persona recién llegada el opresivo ambiente pareció perder parte de su fuerza.

- Ezekiel no acudirá al Refugio Comunal y pasará la noche en el Stereo Nightclub -La mujer, pues así lo demostraba su voz, empezó a levantarse con el fin de abandonar el lugar pero el hombre la agarró de la mano.

- ¿Solo? -preguntó el hombre de la capucha sin girar el rostro hacia su interlocutora.

La mujer tensó el brazo y con un gesto seco y duro se liberó, casi como si de un latigazo se tratase. El hombre no opuso resistencia alguna.

- Lo desconozco. Puede que el resto de su Cofradía esté con él -espetó antes de dar la espalda al hombre y proseguir su camino, cruzando el parque en dirección a la Rue de la Cathédrale.

Si, al cruzar la calle, se hubiera girado en dirección al banco que había ocupado unos instantes atrás habría visto como el hombre se levantaba y caminaba en dirección opuesta. Más difícil le habría sido percibir el temblor de su mano, un temblor nacido de los nervios y del miedo. Pero no se giró y mujer y hombre se separaron tal y como se habían encontrado: sin dirigirse la mirada. Ambos vivos, ambos intranquilos.
Fugaz encuentro al abrigo de las sombras que quedaba al final enmarcado por el tañer de las campanas de una vieja iglesia que siempre repicaba un par de minutos tarde.
Las arenas del tiempo no siempre consiguen sepultar el dolor y llegar al olvido. A veces nuestra maldición es, precisamente, recordar.

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