Pequeño puerco irlandés - WebVampiro

Pequeño puerco irlandés
Sep
07

Pequeño puerco irlandés

Extracto de la historia de Cillian O´Doherty.

Afueras de Montreal (Ferme Collins).

El ghoul, de unos sesenta y pocos años, encendió la última vela e iluminando el rostro del niño le dio a soplar la titilante llama de la larga cerilla, ahora consumida hasta su mitad. Una densa voluta de humo trepó por la cara del pequeño hasta colarse por su nariz, que se arrugó, primero, precediendo a una tos seca provocada por el amargor del azufre; resquicio del fósforo quemado que le rascaba en la garganta.

Azufre – pensó el ghoul con una tenue sonrisa. Aquel olor (“palabra”) era tan apropiado, como bíblico y perentorio. Bajó la vista hacia el chico, que luchaba por recomponerse. ¿Acaso su enjuto cuerpecillo sería capaz de sostener la carga para la que se le estaría preparando durante años, si no décadas? Aquella noche la confianza del hombre en que así fuese podría venirse abajo como un castillo de naipes. 

Ante tal pensamiento, el rostro del hombre mutó a una mueca severa. Aquel pequeño meón era el siguiente eslabón de una cadena consagrada a un fin que le revolvería las tripas a cualquiera de los vivos y, tenía comprobado, a la gran mayoría de los no-muertos.

Desde luego, no estaban en un lugar agradable y de fácil permanencia. Y mucho menos en el que se soliese ver niños. La Ferme Collins, a las afueras de la ciudad, se recortaba en el paisaje nocturno como una postal sacada del pasado. Toda la zona rural en kilómetros a la redonda no había podido evitar industrializarse bajo las demandas de un mercado cada día más competitivo. Era la maldita globalización, que estaba acabando con todo. Las grandes áreas comerciales de la ciudad le comían sin piedad la cuota de mercado a los pequeños productores locales, y la ganadería de las antiguas explotaciones familiares solo había tenido dos opciones: modernizarse, con la implícita inversión que eso conllevaba, o desaparecer. Sorprendentemente, la Ferme Collins no había hecho ni lo uno ni lo otro; entre otras cosas por las generosas aportaciones que un grupo desconocido de inversores disponían anualmente con la condición de que permaneciese tal y como estaba, alejada y apartada del resto de un mundo que nunca tendría interés en ella.

Los mataderos vecinos le parecían enormes salas futuristas propias de una nave espacial, con sus enormes máquinas eléctricas y cadenas de despiece. Estaba todo tan mecanizado que hasta se había perdido la tradición de rajar la garganta de los animales para sacrificarlos, pensó el ghoul con cierta nostalgia. El familiar olor a leña y humo había sido sustituido por el de los productos químicos. Las acogedoras construcciones de madera eran ahora impersonales y frías estructuras de hormigón y metal, lujosos hogares para pollos, vacas y cerdos. Todos confinados en apenas unos metros cuadrados: la sala de engorde, la de cría, la de cuidados paliativos, la de laboratorio… por las que circulaban personas vestidas con batas blancas y mascarillas que les tapaban la mitad de la cara. Hospitales de carne y muerte. Por el amor de Dios, si hasta había escuchado que se les daban masajes a algunas de aquellas bestias… pero no para los propietarios de aquella granja, no para los hermanos Collins. Miró alrededor, buscando la calidez de sus recuerdos infantiles. Le reconfortó encontrar los cuchillos colgados en la pared, tan afilados y brillantes como cuarenta años atrás. Justo a su lado, reposaban sobre una mesa los ganchos oxidados y con jirones de pellejo con los que se les perforaba el hocico a los animales para inmovilizarlos junto a otra decena más de utensilios y aparejos; que hacían del arte de la matanza algo íntimo entre animal y ganadero.

Una cuarta parte del establo estaba ocupada por las pacas de paja apiladas hasta el techo, trayendo a sus fosas nasales su intenso y característico olor a cereal desgranado. Junto a unos bozales de perro encontró un viejo par de botas altas de goma del 43, manchadas de aceite de motor, barro y mierda; sobrevoladas por decenas de mosquitos ávidos de alimento. Observó también varios delantales de grueso plástico de color verde oscuro con goterones resecos, de quién sabía qué, con el apellido “Collins” grabado en el pecho. Unos metros más allá, algunos bidones de combustible, esperando a ser repuestos, se repartían el espacio junto a rastrillos, palas, picos y un sinfín de cubos, escobas y todo un desfile de hierros de marcar a fuego y trastos que hoy en día pocos en el sector reconocerían. 

El suelo del establo había sido regado a conciencia aquella misma tarde, la tierra aún estaba humedecida, pero no conseguía disminuir ni un ápice la pestilencia a excremento de cerdo. Un enorme ejemplar colgaba cabeza abajo, abierto en canal hasta la parte inferior del cuello, a un metro de altura. Bajo él, un sucio y viejo capazo de plástico, que algún día fue de algún color específico, servía de urna para guardar la gran cabeza del animal. Y no había sido el único, a juzgar por las manchas ennegrecidas en el suelo. Eran los charcos de sangre ya resecos repartidos aquí y allá bajo una red de telaraña formada por gruesas cadenas terminadas en pesados ganchos metálicos. Las colonias de moscas y gusanos habían conseguido proliferar por todas partes, lo que sin duda acabaría pudriendo la mitad de las piezas de carne puestas a secar al aire. Poco más de una semana antes había acabado la época de matanza allí y el hedor a sudor, sangre y muerte permanecería impregnado a las columnas y paredes del establo durante lo que quedaba de invierno y, al menos, toda la primavera.

No, definitivamente no era lugar para un niño. Y, sin embargo, allí estaba el ghoul, observando como Cillian O’Doherty, Cillian “el raro”, Cillian “el pirado” (el receptor de toda la crueldad de los parroquianos adscritos a la Basílica de San Patricio) daba ridículos manotazos al aire enzarzado en una absurda lucha contra una minúscula nube de humo. Si el ghoul aún pudiese sentir pena por alguien, sin duda, sería por aquella pequeña alimaña.

Vamos, chico, siéntate– le sugirió, un poco exasperado, mientras extendía una mano conminándole a tomar asiento a solo medio metro del círculo grabado con tiza en el suelo- ¿Estás preparado?

Como respuesta obtuvo los ojos vidriosos y un poco enrojecidos del niño, que mientras seguía rascando su pequeña y aguileña nariz alcanzó a decir «Sí, abuelo«. Parecía estar tranquilo.

La dura mirada del hombre le hizo entender que debía afinar más en su afirmación.

Sí, Padre O’Doherty– enfatizó aquella pequeña alimaña meona. El ghoul asintió al tiempo que auscultaba el rostro de aquel pequeño mierdecilla pirado, que era la diana de las burlas y ataques de toda la comunidad y todos los vecinos del barrio en la ciudad. Finalmente se dio la vuelta y ocupó su lugar a la diestra de la silenciosa mujer que, apoyada en una columna al fondo del cobertizo, no había dejado de prestar atención al mocoso…que con sus estúpidos ojos cerrados y su ridícula voz de niño tonto y pirado y que era el centro de las risas y los escupitajos del resto de críos de su barrio…había empezado a rezar.

“Me levanto hoy
Por medio de poderosa fuerza,
la invocación de la Trinidad,
Por medio de creer en sus Tres Personas,
Por medio de confesar la Unidad,
Del Creador de la Creación.

Me levanto hoy
Por medio de la fuerza del nacimiento de Cristo y su bautismo,
Por medio de la fuerza de Su crucifixión y su sepulcro,
Por medio de la fuerza de Su resurrección y asunción,
Por medio de la fuerza de Su descenso para juzgar el mal…”

El ghoul se dirigió a la mujer con devoción, o al menos al lugar en el que intuía que estaba.

Se presentará frente a él. Hoy lo hará, os lo aseguro.

Aunque el hombre hubiese podido verla, el único gesto visible como respuesta de ésta fue un cambio en la dirección de su mirada, que ahora se dirigía al centro del círculo. Allí, una joven inmigrante de unos dieciocho o veinte años vestida con vaqueros y camiseta blanca, que resaltaba aún más el color ébano de su piel, parecía descansar recostada y exhausta sobre una desastrada silla de madera. Aunque descansar cuando tienes cada brazo enganchado por la muñeca a sendas cadenas ancladas a una viga, quizá no fuese la palabra más acertada. Su respiración era irregular y parecía balbucear algo a medias entre el “afrikaans” y un tosco y reducido inglés. Estaba tan debilitada que parecía un milagro que hubiese aguantado frente a un desmayo. Una debilidad provocada en parte por los símbolos y extraños caracteres que habían sido grabados por todas las paredes y el techo durante el día. Por el olor de los cirios consagrados dispuestos alrededor del círculo místico de confinamiento. Por el riego a mano de la tierra con agua bendecida. Aquello era un matadero, pero también una prisión.

Los huesudos y feos codos del mierdecilla meón y medio lelo y con cara de tonto que se llevaba todas las palizas estaban flexionados y sus manos quedaban unidas, palma contra palma, a la altura del pecho. Sus ridículos labios de sucia rata seguían dejando paso a su estúpida voz de niño raro y pirado.

“…Me levanto hoy
Por medio de la fuerza de Dios que me conduce:
Poder de Dios que me sostiene,
Sabiduría de Dios que me guía,
Mirada de Dios que me vigila,
Oído de Dios que me escucha,
Palabra de Dios que habla por mí,
Mano de Dios que me guarda,
Sendero de Dios tendido frente a mí,
Escudo de Dios que me protege,
Legiones de Dios para salvarme
De trampas del demonio,
De tentaciones de vicios,
De cualquiera que me desee mal,
Lejanos y cercanos,
Solos o en multitud…”

Y en ese momento algo empezó a cambiar en el establo. Algo que solamente la mujer junto al ghoul era capaz de percibir. La cargada y viciada atmósfera encerrada allí dentro parecía estar dejando espacio a algo más. Las vigas de madera ajadas por la carcoma, el moho y la humedad de la cubierta a dos aguas que tenían sobre sus cabezas emitieron un crujido imperceptible para oídos mortales, pero tan claro a sus sentidos como el canto de los gallos que a esa hora de la noche dormían en el exterior del recinto; mágicamente estabilizados sobre un grueso tronco lleno de cagadas.

Ese algo empezaba a abrirse paso al otro lado de su posición. La mujer, oculta a ojos del resto y que hasta ahora había permanecido desganada y aburrida, empezó a ganar interés por la escena. El mocoso pirado y medio lelo que siempre hablaba de cosas raras en el colegio y que siempre estaba solo y que siempre miraba a todo el mundo de forma extraña y que ponía los pelos de punta a los mayores…se había puesto en pie y alzado su estúpida voz de rata callejera. Con su crucifijo sujeto en su ridícula mano derecha, con su delgado brazo de crio meón extendido al frente.

…Yo invoco éste día todos estos poderes entre mí y el malvado,
Contra despiadados poderes que se opongan a mi cuerpo y alma,
Contra conjuros de falsos profetas,
Contra las negras leyes de los paganos,
Contra las falsas leyes de los herejes,
Contra obras y fetiches de idolatría,
Contra encantamientos de brujas, forjas y hechiceros,
Contra cualquier conocimiento corruptor de cuerpo y alma…”

El interés de la Ofuscada creció por el ronroneo gutural que se formó en la garganta de la encadenada. ¿Estaría agonizando?… Sabía que no, aquello no era un tortuoso quejido provocado por el hambre de su bestia sino una breve y maligna carcajada. La chica, que parecía estar ahora totalmente espabilada y con la cabeza alzada, ligeramente ladeada e inclinada hacia delante, miraba maliciosamente al mierdecilla pirado, de arriba a abajo, con atención.

¿Invocas?– preguntó, pronunciándose al fin, al pequeño meón- ¿Tú, invocas?– el grave ronroneo volvió a resonar durante un eterno minuto con más fuerza. No le quitaba el ojo de encima. Estiró los brazos hacía delante encontrando resistencia y, por primera vez, su mirada voló por el recinto rápidamente de un lado a otro. Se halló atada de brazos y forcejeó un breve momento tirando ansiosamente de las cadenas con nulo resultado. Después, sabiéndose prisionera y encarcelada, chasqueó la lengua con fuerza, entre decepcionada, enfadada y divertida; sin saber en qué proporción.

Tu nombre– le exigió al pequeño mierdecilla, en un tono que evidenciaba que no acostumbraba a preguntar sino a dictar mandatos. El flacucho mequetrefe pirado bajó un ápice la reliquia de plata que sujetaba, pero no tuvo tiempo para vacilar. El ghoul se había adelantado unos pasos y apoyando la mano en su hombro se situó a su izquierda reforzando su ánimo y confianza en la oración.

¡Su nombre solo le pertenece a Cristo, engendro!– su voz, cargada de fuerza, provocó un brusco giro de cabeza de la chica atrayendo su mirada sobre sí mismo-¿La ves? Esta puta es una puta del mal. Acostúmbrate a sus mentiras y engaños. Acostúmbrate también a sus falsas promesas. Mírala bien, porque tendrás que buscar a esta puta asquerosa y reconocerla decenas de veces en sus mil apariencias.

El hombre sintió cómo medio metro más abajo el pequeño meón enclenque que se llevaba todos los puntapiés en el colegio y que siempre andaba estudiando la biblia en la escuela católica mientras el resto de niños se escapaban a jugar al hockey y que tenia las piernas llenas de moratones por ser un pirado, asentía levemente mientras apretaba los dientes.

La encadenada sonrió al ghoul con amplitud mostrando unos dientes rancios y ennegrecidos, dejando al pequeño y debilucho mocoso en un segundo plano, por el momento. Luego levantó ligeramente la cabeza y, como un animal salvaje buscando el rastro de su presa, comenzó a olfatear el escaso margen de distancia que la separaba del hombre.

Adulador– respondieron casi tímidamente sin perder aquella sonrisa de gato de Cheshire, no una, sino dos voces entrelazadas y superpuestas. Una era la de la chica, distorsionada y quebrada. La otra era más profunda y gutural, más antigua y ladina. Se dirigía a él en una mezcla de complacencia, salvaje erotismo y diversión. – Ese alzacuellos que llevas no disimulará nunca lo que siempre serás. Reverendo…¡Matarife! Siempre apestarás a cerdo, borracho irlandés.

El rostro del ghoul se ensombreció. Había estado demasiado pendiente del pequeño pirado meón al que todos llamaban bicho raro y que era el único al que le gustaba ir a misa y que era un estúpido capaz de adivinar los secretos de los vecinos y que preguntaba siempre por las pesadillas que la gente tenía…tan pendiente de él, que casi había olvidado lo que seres como la encadenada eran capaces de saber y utilizar contra quien no estaba bien preparado.

¿Te has enfadado, sacerdote?– le preguntaron aquellas voces con una mal fingida preocupación- Ven, quítame las cadenas y bebámonos a este tierno cerdito, como hacías con mamá– un espumarajo de sucia saliva cayó sobre la blanca camiseta cuando se relamió los labios, mostrando los colmillos por vez primera, disfrutando de la idea. De nuevo, clavó la vista en el pequeño pirado huesudo que todo el mundo evitaba y que tenía la mirada siempre perdida y que ponía nerviosos a los profesores y que cada semana estaba expulsado; y que, para su sorpresa, había entrado en el círculo.

¡No podrás con él y tampoco conmigo, bestia!– le gritó, de forma tan inesperada y convincente que la chica, sorprendida, dio un paso atrás-¡El tuyo!– otro imprudente paso del niño dentro del confinamiento trazado en el suelo sacó al ghoul de su aturdimiento justo en el momento en el que el criajo flacucho y pirado retomaba su oración; a la que el hombre se sumó acosando a aquel ser.

…Cristo conmigo,

Cristo frente a mí

Cristo tras de mí…

¡Muéstrate de una vez y dame el tuyo!– volvió a gritar hasta casi quebrar su voz de niño tonto y apestoso y con cara de loco. Estaba apretando el crucifijo con tanta fuerza que la mano le empezó a sangrar y desprendía un aura de poder y fanatismo religioso como aquel ser nunca había visto antes.

…Cristo en mí, Cristo a mi diestra,
Cristo a mi siniestra,
Cristo al descansar,
Cristo al levantar…

¡Por Cristo, que en cada oído me escucha! ¡Quiero el tuyo!

La encadenada gruñó, agazapada en cuclillas, desafiando como un animal acorralado al pequeño mierdecilla chiflado que era el renacuajo perturbado y sin amigos de la comunidad y que tenía pinta de enfermo con esa piel blanquecina; y que con unos ojos en los que parecía brillar el fuego del castigo divino daba otro paso al frente sin atisbo alguno de duda, debilidad o temor.

¡Dime… tu… nombre!– gritó de nuevo la pequeña sabandija con su voz estridente de chalado, quien acababa de extraer un pequeño recipiente, no mayor que una botellita de licor de minibar, del bolsillo de su chaleco gris oscuro de bicho raro y maníaco.

Nooo…– negó resistiéndose y retorciéndose de dolor sobre sí mismo, aquel ser. Dos velos de insondable oscuridad, como pozos de abismo sin vida, cubrieron sus ojos borrando de ellos cualquier rastro de humanidad que pudiesen haber tenido. Su boca se abrió completamente, amenazante, mostrando la promesa del dolor de sus colmillos ante el agua bendita, que aquel criajo que era el niño tonto y medio lelo de la archidiócesis, empezó a tirarle encima moviendo el brazo en forma de cruz mientras seguía sujetando al frente el crucifijo consagrado.

Pequeño puerco, no… me sacarás, la asanbosam es ¡míiiaaaa!– Las dos voces se convirtieron en una sola voz cavernosa, arcana y bestial. Una voz que traía consigo el rumor de la antigüedad más perdida en el tiempo. De profanación. De arena y sol. De lugares no hollados por el hombre. La carne de sus brazos y cara empezó a abrirse en pequeñas heridas verticales, provocadas por aquel mequetrefe meón e inmundo del que todos se reían y al que todos despreciaban por ser un mequetrefe pirado y que se rumoreaba que no iba a acabar bien y que todos decían que su nacimiento había sido un castigo divino a sus padres; como si aquel niñato medio autista estuviese lacerando su carne con un invisible látigo al rojo.

– ...Por medio de poderosa fuerza, la invocación de la Trinidad, por medio de creer en sus Tres Personas, por medio de confesar la Unidad del Creador de la Creación.¡TU NOMBRE, DEMONIO!– la voz tronó por todo el recinto y los símbolos grabados por el cobertizo refulgieron ardientes y cegadores. El aura de aquel renacuajo asqueroso y que era un flacucho y que conocía los nombres de los santos y ninguno de los jugadores de la liga se vertió sobre la prisionera como una onda expansiva. La tierra tembló y la cubierta chirrió sacudiendo el polvo acumulado durante años, que cayó sobre sus cabezas como una niebla tamizada y cetrina. Los cuchillos, ganchos y herramientas tintinearon por el temblor de las paredes antes de caer al suelo apenas audibles por la lucha agónica y demencial.

El flacucho niño raro y estúpido y que siempre decía locuras con su cara de tonto y pirado y que estaba exhausto y a punto de desfallecer, sintió como el ghoul se adelantaba y como una presencia hasta ahora oculta pasaba volando con una estaca en la mano, como un borrón por encima de su cabeza.

¡Zorra Lasombra!– gritó aquel ser escupiendo odio y sorpresa- Me has engañado.

Un grito agónico, ahora con el tono de la asanbosam, se le clavó en los tímpanos como un puñal durante unos segundos, tras los que toda voz se extinguió.

***

Cillian “el raro”, Cillian “el pirado”…se dejó llevar cerrando los ojos y dejándose vencer por la dulce inconsciencia hasta perder el conocimiento en el mundo; acompañado por un susurro siniestro y burlón que le habló mentalmente – Búscame entre tu sangre, pequeño puerco irlandés, pues tu sangre es mi sierva.

Después…Silencio.

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