Un alma pura

Un alma pura
Mar
16

Un alma pura

Siempre he vivido en una aldea muy pequeña, perdida entre los bosques, una entre miles que existen en Europa. Abandonada a su suerte, a la oscuridad de la noche y las criaturas sobrenaturales que rondan valiéndose de las tinieblas para llevar a cabo sus maléficas actividades de servicio demoníaco. Siempre he sido una persona tranquila y calmada, escucho más de lo que hablo y cuando me decido a separar los labios es para hacer que la contraparte se sienta acogida y comprendida. En suma, soy muy cristiano, devoto y generoso.

Siempre he pensado que el terrible encuentro que sufrí en mi infancia ha marcado toda mi existencia. La providencia divina me permitió seguir con vida, mientras aquel grupo de fieles se confrontaba con las fuerzas del enemigo. Dicha situación nefasta, aunque tuvo el poder de marcar mi alma, jamás ha logrado mermar mi humildad. Apenas hubo caído esa triste noche, cuando apenas tenía 6 años, la tormenta se hizo intensa. Rayos, truenos y relámpagos asolaban el cielo. A mis ingenuos ojos se trataba del Armagedón profetizado en las Sagradas Escrituras, esperaba que un rayo de luz se abriese en los cielos y nos diera la señal de las trompetas para que quienes tenían el corazón puro ascendiesen al paraíso custodiado por los ángeles.

Mi padre, mi madre y todos mis hermanos estaban de viaje. Me habían dejado con mi trastatarabuelo, que a pesar de sus cinco decenios parecía tan jovial como un quinceañero que acaba de conocer a su primogénito. El muro simplemente se hizo polvo, la monstruosidad le cayó encima, su espalda llena de pústulas pútridas y malolientes terminó por destrozar todos los huesos de mi anciano ancestro. Apenas pudo emitir un corto gemido inaudible y un suspiro final, y entonces le dijo adiós a este mundo. El espectáculo apenas duró unos segundos, pero para mí había transcurrido toda la eternidad. Aún así, fueron suficientes para escabullirme, abrir la trampilla que lleva a la despensa subterránea y quedarme observando para ver qué ocurría. Mientras el demonio intentaba levantarse, un hombre con un crucifijo al cuello se paró en el vano dejado por la reciente demolición. Parecía ser el herrero de la aldea, pero al mirar más detenidamente… noté que en realidad era su esposa y que, en la otra mano, cargaba el martillo del oficio. Detrás de ella, el panadero blandía una antorcha y la paleta de su horno, que ardía con fuego divino.

Dos personas comunes, enfrentando a aquel esbirro. Contenía la respiración, para evitar ser detectado o convertirme en una terrible distracción. Claramente la ventaja estaba del lado humano, aunque lucían como sirvientes angelicales ante mi estupor y asombro, pues el panadero blandía su paleta como arma celestial y fue capaz de hacer un par de tajos en el pecho de la aberración. Un líquido verde viscoso, a modo de sangre purulenta, se escurría mostrando que había sido herido. Un horroroso martillazo de la mujer le destrozó el cráneo salpicando su contenido sobre el cadáver casi triturado de mi pobre trastatarabuelo.

Una carcajada siniestra surgía de una silueta sombría que salía de la carcasa vacía, el espíritu demoníaco se escapaba derrotado. La fuerzas de esas personas comunes habían triunfado, mi alma estaba segura y mi querido viejo, sin duda, descansaría en paz. Tan rápido como llegaron, se retiraron tras encender todos los restos que arrastraron al patio, haciendo una plegaria por él. La nube gris-violácea se elevaba, mientras la tormenta arreciaba y las tímidas estrellas comenzaban a aparecer entre los jirones de nubes.

Mientras todos los recuerdos me envuelven, me hallo frente a la puerta. He pasado 15 años acumulando pistas y siguiendo a otras personas comunes capaces de confrontar al mal. Quiero unirme a su organización secreta, quiero servir al señor de los cielos. Sin duda me ha elegido, de otro modo, nunca habría sobrevivido.

Este relato busca poner en contexto la ambientación para Edad Oscura en que cada personaje es alguien que busca salvar almas en medio de las tinieblas, confrontando lo sobrenatural cuando es necesario y siendo fieles a los principios del cristianismo el resto del tiempo.

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