Barcelona Delenda Est: una introducción en tres partes.

Moderador: Sebastian_Leroux

Sebastian_Leroux
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#1

Mensaje por Sebastian_Leroux » 14 Oct 2017, 10:48

I.

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La carcajada se extendió por el grupo de adolescentes de manera salvaje e histérica.

- Que bruta eres María.

- Lo que quieras, pero te juro que es cierto, palabra por palabra.

- ¿Hasta lo del calcetín?

- Especialmente lo del calcetín, Marcos.

- Joder, parad ya, que se me corre la máscara.

Los cinco chicos, casi mayores de edad, estaban de botellón de madrugada en pleno centro de Barcelona, en el paseo que transcurría paralelo al puerto viejo, a unos metros del Monumento a Colón. Aunque la zona era turística y comercial, la hora, casi las 6 de la mañana, permitía a la cuadrilla disfrutar de manera discreta de los restos de alcohol de la jornada y hacer tiempo hasta que se abriera el after en el que curraba uno de ellos. La noche moribunda auguraba ya un caluroso día de junio en la ciudad mediterránea, y la humedad portuaria completaba la receta olfativa de la escena: alcohol, sudor adolescente y salitre marino.

De repente, un viandante. Marcos y Xavi le había visto por el rabillo del ojo ya hacía un buen rato, tambaleándose, sin duda por los efectos del alcohol, en su dirección; pero la historia de María les había hecho olvidarse del hombre el tiempo suficiente para que el tipo se acercase hasta que era posible distinguir sus rasgos faciales. Era un hombre negro de unos 30 años, con una cicatriz en su mejilla derecha, y una cara de haber consumido algo más que whisky cola y chupitos. Había algo en su rostro, en concreto en sus ojos, inyectados en sangre, que no gustó nada a los chavales.

- María, María, tía – ambos amigos obligaron a la protagonista, aun carcajeante por su propia anécdota, a apartarse de los brazos que el desconocido había alzado con cierta torpeza hacia ella.

- ¿Qué cojones haces, cabrón? – le dijo la chica, en seguida, encarándose con él.

- Déjalo, déjalo, María – Anna corrió hacia su amiga para apartarla del tipo, que había empezado a forcejear con Albert, el más grande del grupo, y también el de menos reflejos.

- ¡Suélteme, suélteme!

María y Xavi empezaron a forcejear con el hombre y a golpearle para que soltara a su amigo, pero lo que se había metido el desgraciado no mermaba su fuerza, con la que apresaba con un punto de desesperación los brazos del chaval. Algo febril y vidrioso en el fondo de las pupilas del atacante aterrorizaba a Albert mucho más que el contacto físico.

Al fin, una patada bien dirigida de María desequilibró al hombre, que cayó de rodillas al suelo, desorientado. Arropando a Albert, el grupo de amigos en seguida se alejó del apestado, mientras le insultaban con todo lo que se les ocurría. Xavi llego incluso a arrojarle uno de los botellines de cerveza, que se hizo añicos en el suelo a medio metro de la cabeza de aquel borrracho.

La última vez que uno de los muchachos se giró, ya en la distancia, pudo ver como el hombre había reemprendido la marcha, aún tambalente, por la orilla del puerto, hacia el norte.

Si hubieran girado la esquina unos segundo más tarde, apenas los que los primeros rayos de la mañana tardaron en asomar por detrás de la mole de Montjuic, tal vez habrían oído el golpe seco sobre el agua. Y después el silencio.


Sebastian_Leroux
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#2

Mensaje por Sebastian_Leroux » 16 Oct 2017, 15:15

II.

El doctor Urmeneta llegó a primera hora de la tarde al instituto anatómico forense, exactamente tal y como venía haciendo desde hacía ya casi dos décadas; provisto un café de un tamaño proporcional a su ego, el hombrecillo emprendió un recorrido familiar por pasillos impolutos de tonalidades verdosas y fuertes olores químicos, mientras iba sorbiendo el líquido oscuro, salpicando ocasionalmente su poblado bigote pelirrojo debido al traqueteo de la marcha.

Demasiado pronto para su gusto el doctor llegó a la puerta de su despacho, que procedió a abrir con tres vueltas y media de llave, para cerrarla después al instante en que la hubo traspasado. A Urmeneta le encantaba su despacho, que consideraba una extensión de su propia y exitosa carrera, con su colección de libros, tanto manuales de uso como textos clásicos de anatomía, alguno de ellos ediciones añejas de cierto valor, así como las paredes forradas de títulos, diplomas, premios y láminas médicas. Respiró con gusto el aroma del no del todo bien ventilado cuarto, pues incluso eso le agradaba de aquel espacio, y dejó el vaso de cartón con el llamativo logo verde en la esquina de su escritorio con delicadeza de cirujano para así poder intercambiar, con ambas manos libres, la chaquetilla de lana granate que vestía por una impoluta bata blanca que colgaba de una percha en la pared. Momento ese en el que se le terminó la felicidad del día al buen doctor.

- Doctor Urmeneta – unos nudillos golpearon la puerta y la abrieron a continuación, sin esperar respuesta. La cara de una de los bejamines de su equipo, apenas una estudiante de medicina sin título aún, Anna Agustí, asomó por la entrada, – siento molestarle, pero necesitaría que me firmara un par de autopsias que han entrado esta mañana; los Mossos han llamado ya un par de veces, y Gómez y Vincens aún están de vacaciones.

Puñetera Agustí. Resoplando y haciendo los mejores esfuerzos para obviar el parloteo de su subordinada, Urmeneta se dirigió hacia la sala depósito, con intención de despachar cuanto antes los molestos trámites y a la pesada de Anna. En su destino, una sala blanca e impoluta con nichos refrigerados de puertas metálicas en la pared, y varios puestos de disección en su sección central, le esperaban tres cuerpos. El primero acababa de llegar, y estaba a la espera aún de autopsia. El segundo había ingresado durante la noche, y parecía ser un hombre mayor del que se dudaba entre suicidio y homicidio. Agustí había hecho las pruebas pertinentes, y a la espera de su resolución, todo parecía en orden, por lo que Urmeneta firmó ese informe.

El tercero caso en cambio no iba a ser tan sencillo de despachar, e hizo que Urmeneta comprendiera la prisa de la Jefatura de los Mossos. El cuerpo correspondía a un hombre joven de raza negra; yacía en la camilla de autopsias, con una incisión profunda y continua desde la base del cuello hasta el abdomen, producto de la exploración forense, y que la propia Agustí había suturado torpemente al acabar con su exploración. Urmeneta se enfrascó en la lectura del detallado informe de su subalterna, mientras miraba el cuerpo de reojo.

El varón no tendría muchos más de 30 años, y parecía no sufrir ningún problema médico grave, más allá de una cicatriz ya bastante vieja y de tamaño medio sobre su mejilla derecha; ese y el que le había llevado a la morgue, por supuesto: una oclusión intestinal aguda, combinada con la perforación del conducto digestivo por al menos tres tramos. El motivo de dicha perforación había quedado claro también en la autopsia que había ejecutado la joven (casi) médico: una de las quince bolitas que transportaba en su interior el hombre se había roto, y los resto del envoltorio fracturado habían actuado como el filo de un bisturí, abriéndole al pobre diablo las entrañas desde dentro en esas tres zonas. Además, el contenido de la cápsula abierta, cocaína con casi total seguridad, había quedado libre y al ser absorbida por el organismo había intoxicado gravemente al sujeto. Los informes de toxicología y del laboratorio de delitos contra la salud pública, a donde se habían remitido, respectivamente, muestras de sangre más las catorce esferas restantes, aclararían la naturaleza de la sustancia. Curiosamente ni la droga ni la infección abdominal masiva producto de la rotura intestinal había matado al pobre diablo, que había muerto ahogado, como corroboraban sus pulmones encharcados. Unos turistas, paseando por el puerto viejo a primera hora de la mañana, se habían encontrado el cadáver, flotando boca abajo.

Urmeneta releyó el informe y reconoció superficialmente el cadáver: lividez de piel y mucosas, rigor mortis, examen ocular... Había algunos detalles que no le cuadraban. El nivel de infección que describía Agustí señalaba que la lesión intestinal era de al menos un par de días. Combinado con la sobredosis de cocaína, era realmente extraño que la pobre mula (pues se trataba sin duda de eso, un correo empleado por los narcotraficantes para introducir droga en el país) hubiera sobrevivido hasta esta misma mañana. Realmente extraño. Casi milagroso. O todo lo contrario que milagroso. El doctor se rascó la cabeza, dudando si reexaminar el cuerpo en ese mismo momento, bajo la ansiosa mirada de su pupila. Finalmente, recordó el café que había dejado abandonado en la mesa de su despachó, y volviendo a mirar al cadáver por última vez, decidió posponer el examen.

- En un rato volveré a abrir a este sujeto, Agustí. Que nadie manipule el cadáver en mi ausencia – fueron las escuetas instrucciones del doctor.

De nuevo en la acogedora soledad de su despacho, y leyendo por tercera vez el informe mientras terminaba su café, Urmeneta decidió al fin hacer la llamada. Descolgó el teléfono, pulsó una de las teclas de marcación rápida, y cuando la familiar grabación le pidió que tecleara la extensión, fue cuando escuchó las zancadas de botas y el jaleo. Con el auricular aún en la mano y un grito de reprimenda naciendo en su garganta, el doctor Urmeneta abrió la puerta de su despacho, para ver a no menos de una veintena de policías, algunos de ellos con armas automáticas largas y chalecos antibalas, marchando a buen paso por el pasillo de su instituto.

Puñetera Agustí.


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#3

Mensaje por Sebastian_Leroux » 19 Oct 2017, 02:50

y III.

La imponente figura estática de Daniel Aragón, Senescal de Barcelona, se recortaba contra el inmenso mural, generosamente iluminado. La mirada del vástago se hayaba completamente perdida en los trazos sepias de la obra, que ocupaba las paredes de la estancia. No se giró cuando unos pasos -botas militares, zancada pequeña y enérgica- empezaron a acercarse, resonando sobre el suelo amarmolado de las estancias vecinas al Salón de las Crónicas, en la sede del Ayuntamiento de la capital catalana.

- Cada vez eres más dificil de localizar, Daniel - escuchó el brujah, una vez le alcanzó la segunda figura, apenas una cría a su lado.

- Cada vez soy menos querido en más lugares de esta ciudad - le respondió, en un tono desprovisto totalmente de emociones, simplemente enunciando un hecho objetivo.

Paula Durán calló durante un par de minutos, alternando miradas de soslayo al senescal y al propio mural, en el que el vástago seguía inmerso, casi adsorbido, como si fuera una figura más de la obra. Frente a ellos, un caballero cristiano tomaba la mano de una dama oriental. Paula conocía bien tanto la obra como el hecho a la que hacía referencia. No tan bien como Daniel, claro. Cualquier observador externo diría que él es el toreador, pensó la sheriff.

- Ha surgido una situación - continuó al fin Paula - no se hasta que punto está relacionada con la Vista de dentro de dos días, pero Elisa y Marc han mostrado más interés del habitual en su gestión. Podría ser una amenaza... atípica. Aun desconozco si interna o externa. He pasado una copia a Ramiro de lo que sabemos de momento.

Daniel no respondió y se limitó a emprender un paseo, recorriendo las paredes pintadas de la estancia, repletas de hechos de armas, traiciones, política, hechos gloriosos y desastres. Repletas de Historia. Frente a ellos, una poderosa imagen, tan irreal como bella, de una carga de caballería traspasando una línea de defensa como si fueran valkirias tocadas por la voluntad divina. O tal vez malditas por ella.

- Quiero probar algo diferente esta vez, Daniel. Muy probablemente aumentará la inestabilidad, pero creo que es... necesario para evitar perder al control antes de que llegue la tormenta.

Por toda respuesta, Aragón observó con detenimiento la fila de galeones descansando en puerto en la esquina del mural frente al cual pasaban ahora.

- No creo que Dolors esté contenta con la iniciativa. También podría levantar ampollas entre los tuyos.

Tras unos pasos más, Daniel Aragón inclinó su vista hacia el techo, en el que la última pieza de la obra, la sección del mural que destacaba por encima de todas. En ella, una torre fragmentada se alzaba de forma imponente entre inmensas columnas de humo, acosada por ambios lados por altas escalas, y defendida sólo por un puñado de hombres.

- Esta vez también ganaremos, Daniel. Adrianápolis aguantó casi dos años en peores condiciones que nosotros - dijo Paula, intentando sacar a su interlocutor de su ensimismamiento.

- Tal vez, ¿pero a qué precio? - le respondió al fin el brujah, sin que su pequeña interlocutora o los personajes del mural supieran si se refería a la batalla pasada, o a la futura.

Y así, a la espera de una respuesta, la pregunta quedó suspendida en el salón por el resto de esa noche y las que estaban por venir.

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#4

Mensaje por Sebastian_Leroux » 31 Oct 2017, 07:35

Adendo visual al prólogo.

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