Banda Sonora: https://youtu.be/PZ-A6LhdaNcLas tempranas noches de Hong Kong se encuentran perdidas en la leyenda.
Mucho antes de que existiera una ciudad, antes incluso de que las islas recibieran un nombre reconocible para los cartógrafos chinos, las costas del sur ya eran habitadas por pueblos, espíritus y criaturas que las tradiciones posteriores apenas conseguirían describir.
Según los registros de los Kuei-Jin, una de las primeras grandes estructuras sobrenaturales que extendió su influencia hacia esta región fue la Corte del Fénix Escarlata. Desde Cantón, sus wu —las familias de los no muertos— controlaron el flujo del Chi y establecieron vínculos con las comunidades humanas de las islas.
Fue también durante aquellas edades remotas cuando surgieron los Wu Lung. La historia mágica de los Wu Lung suele remontarse a la Cuarta Era, la llamada Era de la Hermosa Tristeza.
En aquel entonces, los Wu Lung despertaron a los designios del Cielo y comenzaron a involucrarse con la Burocracia Celestial. El más grande de los Wu Lung sería el Emperador Amarillo, quien, según las tradiciones, proporcionaría a los pueblos de China conocimientos fundamentales como la escritura y la agricultura.
Los Zhong Lung —los Hombres Dragón— vigilaban a la humanidad bajo las órdenes del Personaje Augusto de Jade, y los Wu Lung también serían llamados a servir a la Burocracia Celestial, los dioses y funcionarios que gobernaban el orden sobrenatural de China.
Para los habitantes de aquella época, la frontera entre el mundo de los mortales y el mundo de los espíritus era mucho menos clara de lo que sería siglos después.
Para las Tradiciones, naturalmente, aquella era fue mucho más complicada. Con respecto a aquella época se dice que existió un bodhisattva conocido como el Devorador de las Llamas.
Surgido en el sur, este vampiro se levantó como profeta y líder de un culto, provocando enormes estragos en la región. A través de los esfuerzos combinados de las distintas familias del Fénix Escarlata, finalmente consiguieron atarlo.
Algunos aseguran que el Devorador todavía duerme bajo Hong Kong.
No en una tumba.
No en un templo.
Sino debajo de las propias colinas de la región.
Según esas mismas historias, se alimenta lentamente de los dragones que duermen bajo la tierra y espera el advenimiento de la Sexta Era.
No sé si la historia es cierta.
Pero he aprendido que, cuando demasiados Kuei-Jin ancianos se niegan a hablar de un lugar, probablemente exista una buena razón. Fue también durante aquella época cuando tuvo lugar la Guerra del Río del Dragón.
Un Wu Lung llamado Yi Han se alió con los Reyes Yama y con los Wan Kuei, los vampiros de la antigua China. Diez mil soles surgieron en el cielo mientras Yi Han asesinaba a miles de personas para complacer a sus maestros demoníacos.
Finalmente sería detenido por Yi, un guerrero misterioso que fundaría la orden de los Shih, considerados los primeros grandes cazadores sobrenaturales de Asia.
La guerra dejaría cicatrices que sobrevivirían durante generaciones.
Algunas todavía pueden encontrarse bajo las ciudades modernas. Fue entonces cuando surgieron los Dalou'laoshi, los Cinco Dragones Elementales del Este.
Estos llegaron a una conclusión radical.
En lugar de emplear el conocimiento místico para penetrar directamente en los misterios de lo sobrenatural, era preferible dominar el mundo natural mediante herramientas y conocimientos que permitieran a los seres humanos controlar su propio destino.
La idea parecía sencilla.
El conocimiento no debía servir solamente para comprender el mundo.
Debía servir para transformarlo.
Así nació una tradición que, siglos después, terminaría convirtiéndose en la contraparte asiática de la Tecnocracia occidental: los Dragones Metálicos.
Para las Tradiciones occidentales, aquello fue considerado una herejía.
Para los Dragones Metálicos, fue simplemente sentido común. Antes de convertirse en vampiros, los Wan Kuei eran conocidos como Wan Xia y servían a la Burocracia Celestial.
Sin embargo, terminarían siendo considerados anatema por el Cielo después de atreverse a robar la energía de los seres vivos mediante la sangre y la absorción de su energía espiritual.
De esta forma se convirtieron en los vampiros que posteriormente serían conocidos como Kuei-Jin.
Los Hsien, también llamados los Pequeños Dioses o las hadas de China, encargados entre otras cosas del sistema de plegarias de la Burocracia Celestial, recibieron igualmente un destino terrible: les fue prohibido regresar al Cielo, Yu-Shan, por orden del Personaje Augusto de Jade.
Mientras tanto, los Wan Kuei conspiraron para provocar que los Hengeyokai, los cambiaformas de Asia, se asesinasen unos a otros en lo que sería recordado como la Guerra de la Vergüenza.
El resultado fue una fractura sobrenatural que tardaría siglos en cicatrizar. Durante la Cuarta Era, que en las tradiciones sobrenaturales abarca un periodo de extraordinaria duración, se produjeron numerosas guerras entre los Despertados.
Entre ellas destaca la Guerra del Himalaya, enfrentamiento entre los Euthanatoi de la India y los Chakravanti del Tíbet, además de numerosos conflictos entre las diferentes facciones que buscaban controlar el equilibrio sobrenatural de Asia.
Hong Kong todavía no era una ciudad.
Pero ya era un territorio disputado. Mucho más tarde, durante el periodo de los Reinos Combatientes, los Wu Lung se dividieron en diferentes cábalas y facciones.
Hacia el final de este periodo, un Wu Lung llamado Fu Xia se convirtió en asesor de Qin Shi Huangdi, prometiéndole alcanzar la inmortalidad.
Según las tradiciones sobrenaturales, Qin Shi Huangdi terminaría convirtiéndose en Yu Huang y crearía a los Soldados de Terracota, la llamada Guardia Inmortal.
La historia mortal recuerda a Qin Shi Huangdi como el primer emperador de una China unificada.
Los archivos sobrenaturales cuentan una historia ligeramente diferente. La dinastía Qin unificó China en 221 a. C.
El territorio que actualmente conocemos como Hong Kong quedó incorporado al nuevo imperio como parte de la Comandancia de Nanhai y fue administrado desde Panyu, en la región de la actual Cantón.
No existía todavía un «Hong Kong» político.
No existía una ciudad.
No existía siquiera una identidad territorial comparable a la moderna.
Existían aldeas, comunidades costeras, pescadores, agricultores y diferentes pueblos del sur que poco a poco quedarían incorporados a las estructuras imperiales.
Y también existían cosas que los funcionarios de Qin nunca llegaron a registrar. Los Kuei-Jin siguieron de cerca la expansión imperial.
Los Hengeyokai nativos de la región, por su parte, observaron con creciente hostilidad la llegada de las estructuras administrativas del norte.
Durante siglos, las islas continuarían funcionando como una periferia del poder imperial.
Los grandes acontecimientos ocurrían en las capitales.
Las islas sobrevivían. Durante la dinastía Han (206 a. C.-220 d. C.), la presencia imperial en el sur se consolidó progresivamente.
La población de la región aumentó y Hong Kong comenzó a integrarse de manera más estrecha en las redes económicas y culturales del sur de China.
La actividad marítima adquirió una importancia cada vez mayor.
La pesca, la producción de sal y el comercio costero conectaron las comunidades de la región con los grandes centros del sur.
Y mientras los mortales comenzaban a ocupar las costas con mayor intensidad, las cortes sobrenaturales hacían exactamente lo mismo. En China, los Wu Lung alcanzaron una enorme influencia durante la dinastía Han, gobernando con mano de hierro y obligando a los Akashayana a vivir en el exilio.
Los miembros del Dalou'laoshi, por su parte, terminaron convertidos en vasallos de los Wu Lung.
Hacia el siglo VII, los Wu Lung atacarían el templo de Shaolin, uno de los principales centros de poder de los Akashayana.
El ataque obligaría a los Akashayana a retirarse hacia territorios como Japón y Mongolia.
Para los Wu Lung fue una victoria.
Para los Akashayana, fue otra razón para no olvidar. Tras la caída de la dinastía Tang en 907, China entró en un largo periodo de fragmentación política.
Los emperadores eran más débiles y las distintas facciones sobrenaturales pudieron disputar el control del territorio con mayor libertad.
Hong Kong, mientras tanto, continuó creciendo lentamente.
La región de Cantón se convirtió en un importante centro comercial conectado con India, el Sudeste Asiático y otras regiones de China.
Las costas de Hong Kong comenzaron a adquirir una importancia estratégica cada vez mayor.
La piratería se convirtió en un problema recurrente.
Y los puertos del sur comenzaron a atraer a personas que preferían vivir fuera del alcance de las autoridades. Algunas de las guaridas piratas más importantes se encontraban en las costas de la actual isla de Hong Kong, entre ellas el puerto de Shek Pai Wan, conocido posteriormente como Aberdeen.
Los piratas no eran los únicos que encontraban refugio allí.
Las cortes sobrenaturales también habían aprendido que las islas ofrecían algo que Cantón no podía proporcionarles.
Distancia.
Hong Kong continuó vinculada a las cortes sobrenaturales del Fénix Escarlata y, posteriormente, a la Corte de las Llamas, una de las estructuras relacionadas con el Quincunx.
Los vampiros de Hong Kong, sin embargo, adquirieron fama por su independencia, su egoísmo y su escaso respeto por las estructuras tradicionales de poder.
Quizá por eso sobrevivieron. Cuando los mongoles comenzaron la conquista de China, muchos Wu Lung buscaron ayuda en Occidente y establecieron contactos con quienes habían participado en la Convención de la Torre de Marfil, acontecimiento que posteriormente conduciría al nacimiento de la Orden de la Razón y, con el tiempo, de la Tecnocracia.
Debido a que los Akashayana también habían establecido vínculos con las estructuras políticas mongolas, serían invitados a participar en la Gran Convocación, acontecimiento fundamental para la formación de las Tradiciones.
Los Wu Lung, sin embargo, despreciarían profundamente las formas occidentales de organización sobrenatural y se mantendrían firmemente comprometidos con las estructuras tradicionales de la Burocracia Celestial.
La distancia entre Oriente y Occidente no era solamente geográfica.
También era una cuestión de quién tenía derecho a decidir cómo debía funcionar el mundo. La conquista mongola de China culminó durante el siglo XIII, cuando Kublai Khan derrotó a la dinastía Song y estableció la dinastía Yuan.
La llegada de los mongoles provocó que numerosos terratenientes y sus servidores Kuei-Jin huyeran de las regiones sometidas al nuevo poder.
Uno de los grupos que llegó entonces a la región fue el clan Tang, que se asentó en el fértil valle de Shek Kong, en lo que posteriormente se convertiría en los Nuevos Territorios.
Los clanes, junto con piratas, pescadores y agricultores, fundaron diferentes enclaves en la región.
Esta población se acostumbró a hacer lo que consideraba necesario sin demasiada interferencia de las autoridades superiores.
Trabajaban duramente para construir una vida próspera, ya fuera mediante actividades honestas o mediante el pillaje. De esta experiencia surgiría una característica que sus descendientes conservarían durante siglos: una tenaz confianza en sus propias capacidades, acompañada de un saludable escepticismo hacia la autoridad.
Durante estos siglos, las tierras de Hong Kong se convirtieron también en hogar de numerosos Shen.
Los Khan reclamaron parte de los picos boscosos y de las regiones meridionales de la isla de Hong Kong, mientras los Kumo se asentaron en un oscuro territorio donde algún día se levantaría la Ciudad Amurallada de Kowloon.
Los Zhong Lung permanecieron ocultos entre los seres humanos. Los nuevos Kuei-Jin establecieron relaciones relativamente pacíficas con los vampiros occidentales, los Cainitas, que también se encontraban en la región.
De esta convivencia surgió una Corte de las Llamas particularmente cosmopolita, cuyo camino difería considerablemente del seguido por las cortes del norte.
Hong Kong comenzó así a adquirir una de las características que definirían su futuro sobrenatural.
Era demasiado china para los occidentales.
Demasiado independiente para los Kuei-Jin tradicionales.
Y demasiado útil para que cualquiera de los dos bandos pudiera ignorarla. Por encima de los pequeños espíritus y criaturas de la región reinaban los Reyes Dragón.
Sus cuerpos se elevaban como montañas majestuosas; sus lágrimas salaban los mares y su respiración creaba los vientos.
Mientras los dragones continuasen caminando sobre la Tierra, el equilibrio estaba asegurado.
Mientras los mortales no los despertaran. Mientras tanto, los Wu Lung continuaban operando desde Cantón y administrando Hong Kong desde allí.
De vez en cuando, alguno de sus emisarios visitaba las islas para asegurarse de que los intereses de la Burocracia Celestial continuasen protegidos.
Pero las islas estaban cambiando.
Los asentamientos crecían.
Las rutas comerciales aumentaban.
Los piratas llegaban en mayor número.
Y bajo todo aquello, algo mucho más antiguo comenzaba a dormir. Fue durante este largo periodo cuando los Nueve Dragones se acurrucaron en su sueño, formando la península que posteriormente recibiría el nombre de Kowloon, «Nueve Dragones».
Los dragones de Kowloon, sin embargo, serían profundamente heridos siglos después, cuando sus colinas fueran progresivamente aplanadas para abrir paso al progreso, a la urbanización y a la expansión de Hong Kong.
Para los mortales, aquello sería ingeniería.
Para los Dragones Metálicos, progreso.
Para los espíritus de la región, otra cosa.
Una profanación. Incluso en su agonía, permanecen dormidos, esperando el momento de su liberación.
Los dragones de Hong Kong descansan profundamente, agitándose ocasionalmente, pero sin despertar por completo.
Esperan el momento en que la Rueda de las Eras vuelva a girar. En el siglo XIII, Marco Polo viajó hacia el Lejano Oriente y permaneció durante años en los territorios bajo dominio mongol.
Sus relatos sobre Cathay fueron recibidos con escepticismo por numerosos europeos, que consideraron exageradas o incluso fantásticas algunas de sus descripciones.
Sin embargo, sus escritos terminarían alimentando la imaginación europea y contribuyendo a construir la imagen de un Oriente misterioso, rico y sobrenatural.
Para los europeos, Cathay se convirtió en una promesa.
Para las potencias sobrenaturales de Asia, el problema era precisamente que Occidente empezaba a mirar hacia allí. Y mientras los europeos comenzaban a soñar con las riquezas de Cathay, algo mucho más antiguo permanecía bajo las colinas de Hong Kong.
No era un imperio.
No era una corte.
No era una ciudad.
Era algo que había estado allí mucho antes que cualquiera de ellos.
Los dragones dormían.














