Historia de los Mokolé en Argentina
Los Dragones del Sur
Gaia sueña.
Hace mucho, mucho tiempo, millones de años en el cómputo de la humanidad, edades y eras que se entremezclan en la realidad y la leyenda en los mares de la memoria, los Mokolé de lo que se convertiría en Ambalasokei (Sudamérica), reinaban como reyes colosos, gigantes incluso entre los suyos, divididos en clanes de dinosaurios. La mayor de las Nidadas se encontraba en lo que hoy es la formación geológica de Candeleros, en territorios de las provincias de Neuquén y Río Negro, centrada en torno a un nido y templo conocido entre los pocos Cantores de la Memoria que todavía conservan fragmentos de Mnesis tan antigua como Umum-Korah (La Cuna Olvidada). Más al norte, en lo que serían las pampas argentinas cazaban y pastaban clanes de Mokolé más pequeños y feroces, expertos en la caza en emboscadas. En el norte se encontraba el clan de los Hijos del Río, un reino pantanoso de titanosaurios y crocodilianos gigantes.
De lo poco que han conseguido recordar los Cantores de la Memoria, se dice que entre los Mokolé de la época nació una poderosa reina: Tani-wa, la Madre de las Mil Escamas, una poderosa hembra de titanosaurio de tamaño colosal, y de la que descendieron muchas Nidadas de Ambalasokei. De hecho, todavía hoy algunos Mokolé sudamericanos afirman ser descendientes de ella.
El día que el cielo cayó
Hace unos 66 millones de años, los Mokolé sintieron la llegada de un inmenso meteorito de roca y fuego que se acercaba a la Tierra. El cielo se volvió de color rojo sangre y las aguas hirvieron. Su impacto fue tan intenso que la onda expansiva y sus efectos llegaron a Ambalasokei en cuestión de horas. La gran mayoría de los Reyes Dragón del sur murieron en en los primeros días, pero unos pocos consiguieron sobrevivir utilizando los Nidos más poderosos para dormir en un letargo profundo bajo los barros termales y en las profundidades de las montañas. Allí permanecieron, mientras el mundo era devastado a su alrededor; algunos perecieron mientras dormían, pero otros sobrevivieron, soñando y recordando, mientras la Tierra se enfriaba y otras criaturas comenzaban a dominar el mundo, principalmente aves y mamíferos.
El lento despertar
El mundo cambió lentamente y los Mokolé se encontraron con un territorio cubierto de sabanas y nuevas criaturas extrañas. Durante un tiempo los Reyes Pájaro y los Reyes Marsupiales dominaron la tierra, pero aunque la Memoria estaba rota y en fragmentos había Mokolé que recordaban la época anterior...o la soñaban. Más allá del jardín salvaje en que vivían, algunos creían que podían aspirar a más y recuperar la gloria civilizada del pasado. Pero no era fácil. Las nuevas formas eran limitadas y adaptadas a un mundo de instinto salvaje, y mucho más pequeñas que las de sus legendarios ancestros: yacarés, caimanes, anacondas...
La época de los Reyes Pájaro que caminaban con las feroces aves del terror y de los Reyes Marsupiales terminó llegando a su fin cuando las tierras de Gendasi (Norteamérica) y Ambalasokei (Sudamérica) chocaron y las especies cruzaron de un continente a otro y compitieron por la supervivencia. La llegada masiva de mamíferos placentarios acabó con el reinado de los pájaros y marsupiales: gliptodontes, megaterios, macrauchenias, smilodones…
Pero mucho tiempo después llegó una nueva especie que lo cambiaría todo, atravesando los hielos que se extendían entre Eurasia y Norteamérica, y una vez en aquel mundo nuevo, no tardó en expandirse de norte a sur.
La llegada de la humanidad
Los humanos eran una especie curiosa. De alguna manera eran similares a los pequeños monos que vivían en las selvas y bosques de Ambalasokei, pero hacía mucho tiempo que se habían convertido en algo muy diferente: una especie inteligente y adaptable, que caminaba sobre dos piernas, y tenía manos que podían fabricar y transportar herramientas. Aunque no eran especialmente fuertes ni rápidos, se reproducían con rapidez y se unían en bandas de cazadores que podían hacer frente a criaturas más fuertes y grandes. Y cuando no podían cazar, también se dedicaban a recoger plantas para alimentarse.
Estas nuevas criaturas resultaron atractivas para los Mokolé de Ambalasokei. Aunque con reticencia al principio, finalmente utilizaron sus dones sobre el mundo de la carne y el espíritu para adoptar sus formas. No obstante, hubo muchos saurios que preferían la vida de instinto salvaje de los caimanes y yacarés con los que se habían reproducido durante miles de años.
Los Mokolé de Ambalasokei fueron los últimos en adoptar la forma Homínida. En el resto del mundo, hacía miles de años que los homínidos se habían extendido, y los Mokolé los habían adoptado en su sangre y memoria, como habían hecho con otras especies anteriormente. Algunos Mokolé incluso afirman que fueron ellos quienes guiaron la evolución de la humanidad, buscando una forma inteligente que les permitiera reconstruir parte del esplendor del pasado. En cualquier caso, en Ambalasokei, la forma Homínida fue adoptada con reticencia, y los saurios que nacían entre los humanos eran vistos con cierto recelo en algunas Nidadas.
Durante miles de años los Mokolé vivieron en Ambalasokei en una relativa paz. En un continente donde no había lobos, la expansión de los Garou se detuvo en Norteamérica, y las Razas Cambiantes consiguieron prosperar en Sudamérica. Los hombres saurio prosperaron en un lugar con numerosas selvas tropicales, numerosas presas y un clima ideal, habitando en los caudalosos ríos y lagos. Quienes habían compartido su sangre con los humanos les enseñaron sus secretos y sus largas memorias, y a su vez estos parientes enseñaron a los demás humanos a vivir en armonía con Gaia, una lección que desgraciadamente solían olvidar, impulsados por su egoísmo, su codicia, y sus miedos.
Los Mokolé que llegaron al territorio argentino lo hicieron siguiendo el cauce de los ríos, asentándose sobre todo en las selvas del nordeste, donde varias Nidadas construyeron sus Cenagales. La gran mayoría de ellos habían nacido entre caimanes o yacarés, y pocos sentían curiosidad por lo que hacían los humanos, salvo ocasionales advertencias cuando se atrevían a interferir en el orden creado por Gaia. También hubo algunos conflictos territoriales con otras Razas Cambiantes o entre los propios Mokolé, pero eran interrupciones breves en medio de largos períodos de paz.
La llegada de los europeos
La llegada de los europeos alteró la paz de los Mokolé, pero las selvas recónditas en las que vivían los mantuvieron protegidos y aislados durante un tiempo. Pero cuando llegaron los exploradores españoles y portugueses, y especialmente los bandeirantes en busca de esclavos, varios saurios salieron de las profundidades de los ríos y lagos y bañaron sus garras en sangre, creando leyendas sobre dragones y monstruos.
Más humanos llegaron tiempo después, en esta ocasión africanos que huían de la esclavitud, y entre ellos había quienes portaban la sangre del dragón, y habían acompañado a sus parientes al Nuevo Mundo para protegerlos. Pronto se estableció una alianza entre Mokolé americanos y africanos ante la amenaza común que veían en los europeos.
Cuando estallaron las guerras guaraníticas entre los portugueses y los habitantes indígenas de las misiones jesuitas, los Mokolé comprobaron sorprendidos que había lobos cambiantes que estaban protegiendo a los nativos. Cuello-alto-entre-los-Árboles, Matriarca y Sol Poniente del Cenagal de Yvporak en Misiones, se aproximó a aquellos lobos, de la tribu de los Hijos de Gaia, y los interrogó sobre sus motivos. Habían derramado su sangre para proteger a los guaraníes, y por ello, la matriarca Mokolé dio cobijo en su Cenagal a los supervivientes. Con el tiempo se marcharon, pero los Mokolé de Misiones todavía recuerdan lo que hizo aquella tribu de lobos.
La Revolución Industrial que llegó tras la independencia de Argentina no fue amable para los Mokolé. Muchos de sus parientes humanos y animales fueron cazados, y varios de sus lugares sagrados contaminados, en nombre de la “civilización.” Los hombres saurio tuvieron que retirarse a las profundidades de las selvas y tierras salvajes, pero cada vez más les quedaban menos refugios.
Y entonces, los humanos realizaron un hallazgo que conmocionó a los hombres saurio.
Las tumbas de los antiguos
Era un secreto celosamente guardado por los Mokolé que conservaban una Mnesis más poderosa, o que habían navegado por las profundidades de los reinos de la memoria. De hecho, incluso entre quienes conocían su existencia, quedaban pocos que supieran donde se encontraban, y desde luego, no había motivos para que desvelaran su ubicación, o al menos sus sospechas.
A ojos de los humanos, habían descubierto lugares donde se encontraban yacimientos fósiles de dinosaurios como no existían en otros lugares del mundo, pero para los Mokolé eran mucho más. Eran lo que les quedaba de sus ancestros, cementerios antiquísimos donde se ocultaban antiguos y desconocidos objetos de poder, y quizás, tal vez, alguno de los propios antiguos, si es que quedaba alguno con vida después de miles, de millones de años, durmiendo, soñando y aguardando.
Aún así, los Mokolé tardaron en darse cuenta. Ante la presión de los humanos se habían ocultado y aislado sobre sí mismos, lejos de la civilización, y fue Alfredo “Zancada-Larga-a-Mediodía” González, un Homínido, el primero que dio la voz de alarma de lo que estaba ocurriendo. Alfredo supo en los periódicos de la época sobre el hallazgo del Herrerasaurus, y viajó a la provincia de San Juan, donde se estaban realizando excavaciones de fósiles. Tras haber visto lo suficiente, viajó al Cenagal de Aik-Birá, en los Esteros del Iberá. Tuvo que esforzarse en convencer a los ancianos, hasta que reconocieron que la curiosidad de los humanos los estaba acercando a las tumbas de los antiguos.
Al principio los Mokolé no estaban seguros de qué hacer. Eran demasiado pocos, y las tumbas se encontraban lejos, y ni siquiera ellos sabían muy bien cuál era su ubicación. En cualquier caso, era necesario llegar a ellas antes que los humanos, pero la mayoría habían nacido como reptiles, y sus instintos estaban mal preparados para un mundo que había cambiado mucho en su aislamiento y que desconocían en gran parte.
Fue el propio Alfredo el que decidió actuar. Reunió la Zancada Larga, una Nidada de Parientes Homínidos y se dirigió hacia las zonas donde los paleontólogos argentinos realizaban prospecciones. Tal y como temía, se estaban acercando a lugares donde habían vivido los antecesores de los Mokolé. Con la ayuda de su Nidada, Alfredo se infiltró en varios equipos de excavación, y consiguieron desviar la atención de los paleontólogos de los lugares más sensibles, y cuando no fue posible, se encargaban de que determinados “fósiles” desaparecieran.
La labor de Alfredo y su Nidada fue reconocida por otros Mokolé. Los Homínidos saurios, que eran muy escasos, acudieron a él, y de la misma forma que procuraban proteger los lugares sagrados, también comenzaron sus propias búsquedas, para poner los restos y reliquias de sus ancestros a salvo. No fue una tarea fácil. No sólo habían pasado millones de años, sino que los antiguos Mokolé habían dispuesto protecciones para evitar a los intrusos, ya fuera mediante la ocultación, o la presencia de espíritus guardianes.
La cuna olvidada
En 1997, en la provincia argentina de Neuquén, unos paleontólogos encontraron una gran zona de anidación de titanosaurios. Entre ellos se encontraban varios Parientes Mokolé, que advirtieron de inmediato al resto de su Nidada. Alfredo “Zancada-Larga-a-Mediodía” y sus compañeros acudieron al lugar justo a tiempo de evitar el desastre.
Resultó que la zona de anidamiento de los dinosaurios estaba muy próxima a un antiguo reino de los Mokolé, que había sido asegurado hacía millones de años para proteger a las crías de la inminente catástrofe que había cambiado el mundo para siempre. Los Mokolé dirigieron la atención de los paleontólogos a unos kilómetros de distancia, al lugar conocido como Auca Mahuevo, mientras ellos intentaban acceder al antiguo reino, a través de un complejo de cuevas subterráneas que comunicaban con el mundo espiritual.
La entrada al reino estaba protegida por un complicado laberinto. Los antiguos guardianes espirituales consideraban a los Mokolé intrusos, y tuvieron que emprender una búsqueda muy peligrosa que les llevó cerca de un año. Al final fue el sacrificio de Alfredo lo que permitió a sus compañeros entrar en Ummu-Korah, la Cuna Olvidada.
Se trataba de un reino construido en el mundo espiritual, que conservaba la zona de anidación tal y como se encontraba a finales del período Cretácico. Hacía mucho tiempo que los únicos habitantes del lugar eran espíritus de dinosaurios y animales prehistóricos, pero entre ellos también se encontraban algunos espíritus de criaturas que reconocieron a los Mokolé como sus descendientes.
Aparte de un fragmento de tiempos pasados, la Cuna Olvidada también era un lugar sagrado para los Mokolé de aquella época, un lugar de fertilidad y protección, donde eclosionaban sus crías. Había pasado mucho tiempo, pero todavía se conservaban unos pocos huevos espirituales en una cámara oculta, esperando eclosionar.
Los supervivientes de la Nidada de Zancada Larga acudieron a otros Mokolé y decidieron proteger el lugar mientras exploraban sus misterios. Varios saurios cambiantes acudieron para protegerlo, pero también para encontrar sus propias respuestas.
Los días actuales
En estos momentos la Cuna Olvidada es el hogar permanente de varios Mokolé, que lo protegen de amenazas mundanas y espirituales. Homínidos y Parientes humanos continúan vigilando a los paleontólogos en el mundo físico, procurando que no se acerquen a las tumbas de los antiguos, y evitando que las reliquias de los hombres saurio caigan en sus manos. Su principal temor es que los humanos terminen profanando su legado, o peor aún, que su existencia termine llegando a oídos de potenciales enemigos.
Otros miembros de la Nidada de Zancada Larga residen periódicamente en el reino de Ummu-Korah, protegiéndolo desde el mundo de los espíritus, y utilizando su poder en provecho de los Mokolé. Los espíritus del lugar han proporcionado fragmentos de Mnesis, así como dones y ritos relacionados con la fertilidad y la protección. La Zancada Larga no ha acaparado sus hallazgos, sino que los ha compartido de buena fe con otras Nidadas de Argentina y viajeros de otros países que han colaborado con ellos.