Montecristo creia estar envuelto en una nueva ilusión, donde el skyline de Manhattan, y su reflejo en las marismas eran las mandibulas de un monstruo a punto de deborar su pasado y presente. Movida por el hilo de lo maquiavélico, se había movido desde un lateral de las marismas al interior de la furgoneta en un pestañear de ojos. Aquel truco, nunca se lo había visto hacer.
Además, como era habitual, en un adorno provocador, vestía el uniforme de la policia ensangretado. La bestía rugía en su interior, y solo era calmada por la paciencia necesaria para salvar a Melinda. La voz de Virgil no ayudaba a calmarla, todo lo contrario. Recalcitaba hasta el último de sus sentidos.
La situación parecía estar tensandose, tal vez solo era necesario estar atentos y entrar en el momento justo. Miró a Nyx y le hizo un claro gesto policial para ir avanzando en silencio hacia la parte trasera de la furgoneta, casi aprovechando cada brisa y palabra para dar un nuevo paso.
"The final countdown" Epílogo
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Nyx (DarkOsca)
Arquitecto
Re: "The final countdown" Epílogo
Nyx sostuvo la mirada de Montecristo un instante cuando este hizo el gesto. El viejo lenguaje policial no necesitaba palabras. Asintió apenas, una inclinación mínima de la cabeza, y comenzó a moverse.
El barro amortiguaba los pasos, aunque cada apoyo tiraba de los músculos dañados de su costado. El dolor estaba ahí, constante, pero no era lo que más le preocupaba.
Era el olor.
La sangre de Hex, o de quien fuera aquella mujer, se mezclaba con el aire húmedo del pantano y con el recuerdo de la carnicería del cobertizo. El aroma llegaba en oleadas suaves con cada brisa que cruzaba el puente. Dulce. Metálico. Vivo incluso sobre un cadáver.
La Bestia se desperezó.
No rugía. No empujaba todavía. Solo observaba.
-Ahora
Susurraba.
Nyx cerró los dedos lentamente, obligándose a sentir el barro entre los guantes, la humedad en la tela de los pantalones, el peso del mundo real. Su Sire le había advertido de ese momento exacto: cuando el olor se convertía en pensamiento, y el pensamiento en impulso.
Había ignorado aquel consejo una vez más.
Avanzó otro par de pasos, aprovechando el ruido de las voces en el puente y el ralentí de la furgoneta. Sus ojos se movían entre figuras: Virgil, la motorista, las sombras de los otros. Demasiados. Y aún estaba aquel coche en la oscuridad.
Pero su posición era clara.
Un poco por delante. Un poco a la izquierda.
Donde podía cubrir a Montecristo si todo se rompía.
Nyx se detuvo un segundo y miró de reojo al Tremere, asegurándose de que seguía su avance. No dijo nada. No hacía falta. En su postura había una promesa simple: si la noche se convertía en una carnicería, el primer golpe no llegaría a Montecristo sin pasar antes por él.
Luego volvió a mirar hacia el puente.
La Bestia seguía allí, acechando bajo la piel, saboreando el aire.
Nyx inspiró despacio, como si aún necesitara hacerlo.
-Tranquila.
Murmuró para sí mismo, apenas un hilo de voz perdido entre las cigarras
-Aún no.
Y dio otro paso en la oscuridad.
El barro amortiguaba los pasos, aunque cada apoyo tiraba de los músculos dañados de su costado. El dolor estaba ahí, constante, pero no era lo que más le preocupaba.
Era el olor.
La sangre de Hex, o de quien fuera aquella mujer, se mezclaba con el aire húmedo del pantano y con el recuerdo de la carnicería del cobertizo. El aroma llegaba en oleadas suaves con cada brisa que cruzaba el puente. Dulce. Metálico. Vivo incluso sobre un cadáver.
La Bestia se desperezó.
No rugía. No empujaba todavía. Solo observaba.
-Ahora
Susurraba.
Nyx cerró los dedos lentamente, obligándose a sentir el barro entre los guantes, la humedad en la tela de los pantalones, el peso del mundo real. Su Sire le había advertido de ese momento exacto: cuando el olor se convertía en pensamiento, y el pensamiento en impulso.
Había ignorado aquel consejo una vez más.
Avanzó otro par de pasos, aprovechando el ruido de las voces en el puente y el ralentí de la furgoneta. Sus ojos se movían entre figuras: Virgil, la motorista, las sombras de los otros. Demasiados. Y aún estaba aquel coche en la oscuridad.
Pero su posición era clara.
Un poco por delante. Un poco a la izquierda.
Donde podía cubrir a Montecristo si todo se rompía.
Nyx se detuvo un segundo y miró de reojo al Tremere, asegurándose de que seguía su avance. No dijo nada. No hacía falta. En su postura había una promesa simple: si la noche se convertía en una carnicería, el primer golpe no llegaría a Montecristo sin pasar antes por él.
Luego volvió a mirar hacia el puente.
La Bestia seguía allí, acechando bajo la piel, saboreando el aire.
Nyx inspiró despacio, como si aún necesitara hacerlo.
-Tranquila.
Murmuró para sí mismo, apenas un hilo de voz perdido entre las cigarras
-Aún no.
Y dio otro paso en la oscuridad.
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Pagliacci (Hex)
Periodista
Re: "The final countdown" Epílogo
La escena se desplegaba ante ella como los fotogramas de una cinta en rápida sucesión, sentía su cerebro pugnando por liberar endorfinas, epinefrina y toda esa clase de sustancias que su cuerpo ya no necesitaba. Era la vitae lo que irrigaba sus músculos secos y era la sangre fresca la que despertaba su olfato de cadáver reanimado. La luz de una luna malvada trazaba un sendero entre los charcos y el salitre se hundía permeaba lentamente sus ropas.
La periodista se movía discretamente, tratando activamente de no ser vista, incluso por sus camaradas, a los que vió comenzar a acercarse hacia la furgoneta, con la clara intención de liberar a Melinda. La aparición de Hex, sin embargo, arruinaba cualquier intento de la paria de presentarse allí y hacerse pasar por ella. En estos momentos, su disfraz era inútil, toda aquella cirugía, todo aquel esfuerzo para nada.
En aquella bahía, el silencio quedaba únicamente roto por las duras palabras que unos y otros se dirigían en aquel intercambio tenso que podía acabar en violencia. Pagliacci sospechaba que los enemigos comunes a los que se referían eran ellos. Casi parecía como si Santos y Hex buscaran comprar desesperadamente un billete de salida.
En cualquier caso, la vampira se movió sigilosamente hacia el coche apagado, tratando de ver quién o quiénes se encontraban en su interior. Michael Rand no debía andar lejos y, si aquellos eran sus esbirros, no le sorprendería que esta vez hubiera venido en persona. La perspectiva de encontrarse con su sire le aterraba y le fascinaba a la vez, sentía la ira bullendo suavemente bajo su piel, le picaban los huesos de las manos, unas brutales garras deseaban salir de entre sus dedos, partiendo su propia carne, libando la sangre de sus enemigos en una ofrenda impía.
Una bestia soy, para en una bestia no convertirme. Se dijo una vez más, mientras acechaba como una fiera con un traje de piel humana, la piel que habitaba.
La periodista se movía discretamente, tratando activamente de no ser vista, incluso por sus camaradas, a los que vió comenzar a acercarse hacia la furgoneta, con la clara intención de liberar a Melinda. La aparición de Hex, sin embargo, arruinaba cualquier intento de la paria de presentarse allí y hacerse pasar por ella. En estos momentos, su disfraz era inútil, toda aquella cirugía, todo aquel esfuerzo para nada.
En aquella bahía, el silencio quedaba únicamente roto por las duras palabras que unos y otros se dirigían en aquel intercambio tenso que podía acabar en violencia. Pagliacci sospechaba que los enemigos comunes a los que se referían eran ellos. Casi parecía como si Santos y Hex buscaran comprar desesperadamente un billete de salida.
En cualquier caso, la vampira se movió sigilosamente hacia el coche apagado, tratando de ver quién o quiénes se encontraban en su interior. Michael Rand no debía andar lejos y, si aquellos eran sus esbirros, no le sorprendería que esta vez hubiera venido en persona. La perspectiva de encontrarse con su sire le aterraba y le fascinaba a la vez, sentía la ira bullendo suavemente bajo su piel, le picaban los huesos de las manos, unas brutales garras deseaban salir de entre sus dedos, partiendo su propia carne, libando la sangre de sus enemigos en una ofrenda impía.
Una bestia soy, para en una bestia no convertirme. Se dijo una vez más, mientras acechaba como una fiera con un traje de piel humana, la piel que habitaba.



