"The final countdown" Epílogo

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"The final countdown" Epílogo

#1

Mensaje por Voivoda » 26 Ene 2026, 20:21

Para que cuadre temporalmente el epílogo, entre la noche anterior y esta ha habido en realidad una noche intermedia en la que Pagliacci se ha sometido a la Vicisitud, mientras que Nyx y Montecristo han podido inspeccionar más la zona. Aún así, solo será necesaria una Tirada de Enardecimiento.

La escena de Pagliacci es por tanto anterior a la que narro de Nyx y Montecristo, aunque la contestación de Pagliacci sí sería ya en la noche de juego, después de haber sido "operada".



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Pagliacci observó la luz que descendía sobre su rostro y que le hacía entrecerrar los ojos notablemente molesta. Los hermanos y primos Shelby eran una visión tremendamente incómoda por su parecido físico, parecían autómatas al tiempo que vampiros, tenían rostros de seres humanos, pero sus movimientos eran un tanto alienígenas. No parpadeaban.

El tacto de sus frías manos era helador y le provocaba escalofríos no en el sentido físico de la palabra, sino en un espacio emocional más profundo. Al menos notaba que la Bestia estaba aletargada, bien fuera por la sangre de uno de los mozos portuarios ofrecido como cena antes de terminar la noche anterior por Adrian, bien por el temor inconsciente a quedarse para siempre en manos de aquel grupo familiar que traía consigo los ecos de leyendas terroríficas de tiempos pasados en los que las sectas vampíricas peleaban entre ellas en lugar de esconderse como ratas de las fuerzas de orden como ahora.

Intentó concentrar sus pensamientos en sus deberes de aquella noche. Podía escuchar a lo lejos las aspas de los helicópteros, ta-ta-ta-ta-ta, un sonido rítmico que le facilitaba no tener que pensar en cómo su rostro parecía moverse como si fuera arcilla. Sentía que perdía... su propia humanidad, que su identidad se difuminaba, sus huesos dejaban de ser duros, los músculos de su rostro eran como barro. La sensación era muy desagradable. Ta-ta-ta-ta-ta.

Melinda.
Montecristo.
Nyx.
Su sire.

Pagliacci intentaba que sus pensamientos fueran un bucle que le impidieran pensar en cómo había entregado probablemente su condenación eterna a aquellos tipos sin alma. Solo el tiempo diría si no había sido peor el remedio que la enfermedad.
Suponiendo que dispusiera de tiempo.

De repente, todo terminó. Dejó de sentir nada en el rostro, apenas un leve cosquilleo que se desvanecía al volver a parpadear. Adrian Shelby, ¿o acaso era cualquier otro familiar suyo?, sostenía un espejo a cierta distancia, lo que obligó a Pagliacci a incorporarse. Hizo el movimiento como si le costara, si bien no sentía dolor. Toda la escena estaba entre lo onírico y lo real.

La Caitiff observó aquel rostro que había en el espejo. No era ella. Aunque había algo... que seguía siendo ella. Era una sensación de valle inquietante que le hizo sentir una arcada sangrienta en la garganta mientras las dudas y, por qué negarlo, el miedo, se agolpaban en su interior. Era ella en el rostro de otra persona.

Otra persona muy parecida a la de aquella mujer afroamericana que sonreía durante la fiesta de inauguración del Studio 54.


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Se habían acostumbrado al hedor. Insectos de toda clase se habían pegado a vuestras ropas, pegajosas y malolientes.

A todo se acostumbra uno, al fin y al cabo, pensaba Montecristo. Nyx observó la inmensidad de aquel humedal. Habían descansado allí durante dos días y habían dedicado una noche entera a inspeccionar la cabaña y sus alrededores. Desde aquel lugar pudieron ver un trasiego interminable en el lejano aeropuerto, así como multitud de aeronaves, helicópteros y drones de las fuerzas de seguridad.

Esta era la noche.

Los muertos apenas habían contado su historia. Montecristo había sentido una mezcla de repulsa y de cierta pasión profesional al dedicar horas enteras a investigarlos. La mayoría eran jóvenes, todos habían sido desangrados. Había tatuajes, pulseras, zapatillas de marca. No se les había acumulado allí para robarles o por ningún tipo de retorcida experiencia ritual. Eran simple y llanamente alimento. Alimento para sabandijas que los habían desgarrado dejando heridas como las de animales. Arterias destrozadas, corazones desgajados, venas que salían como tiras de cables de brazos y piernas.

Aquello era una blasfemia. Que su propio Clan pudiera estar involucrado en algo así, en tratar con sabandijas capaces de esa barbarie le generaba profundos deseos de vomitar sangre a Montecristo.

El Tremere aguantó la sensación mientras siguió buscando en los bolsillos de aquellos desgraciados. Había varios teléfonos móviles, solo uno de ellos tenía aún un 5% de batería y pedía un pin para poderlo desbloquear. Otro tenía una caja de madera con varias hierbas que dieron un repentino y agradecido aroma agradable en medio de aquella podredumbre. Una última, apenas una adolescente, tenía otra caja parecida con una serie de pastillas que recuerdan sin mucha duda a las anfetaminas, mezcladas con una cantidad de cenizas de cigarrillos que han tenido que ser guardadas adrede en esa cantidad. Montecristo no ve una línea argumental en todo aquello, pero sí que asume que son ingredientes para algún tipo de preparado.

Desde la aparición de los primeros vampiros de sangre débil, Montecristo ha oído historias y ha visto en ocasiones a jóvenes trapicheando con sustancias de ese estilo. Nunca se había interesado demasiado por aquellos juegos de alquimia callejera que consideraba muy alejados de la verdadera capacidad de la Sangre, pero sabía reconocerlos cuando los veía.


Nyx se alejó unos metros. Notaba a su Bestia muy ansiosa y era consciente, más aún después de las últimas noches, de que la maldición de su Clan se mantenía latente bajo su piel. Había logrado contenerla durante años, incluso había llegado a olvidarse de ella en ocasiones. Pero ser un vampiro es sinónimo de estar maldito. Y una maldición suele manifestarse cuando más problemático pueda ser. Y ahora notaba ese ansia en cada músculo de su cuerpo, el hambre en sus entrañas, sus pensamientos despistándose en imágenes de destrucción. Por eso quiso mantenerse a cierta distancia del Tremere.
Lo último que quería era ser quien apretara el gatillo del fuego amigo.

No obstante, Nyx caminó apresuradamente mojándose hasta los tobillos en aquel humedal infecto. A una distancia aún considerable pudo ver los faros de algún tipo de vehículo que parecía abrirse paso por aquel terreno pantanoso. Montecristo dejó sus pesquisas y se asomó a la noche en aquel lugar dejado de la mano de Dios. No había visto los faros, pero su oído había captado los motores y, además, creía distinguir también otros vehículos que venían en dirección contraria aunque aún no estaban a la vista. Seguramente motocicletas.

La fiesta estaba a punto de comenzar.


OFF: Nyx Ansia 4 + 4 Niveles de Salud superficiales (4/5).

Pagliacci, Ansia 1

Montecristo, Ansia 2

Tiradas de Enardecimiento, please
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Pagliacci (Hex)
Periodista

Re: "The final countdown" Epílogo

#2

Mensaje por Hex » 28 Ene 2026, 00:48

No es mi cuerpo.

No es mi rostro.

No es mía la piel que habito.

Mi cuerpo es una jaula.

https://www.youtube.com/watch?v=6F_Hx3oLfvU

El quirófano se ha convertido es un escenario, mis ojos miran con horror el personaje que visto y una faz que no es la mía me devuelve la mirada. Mis dedos, guantes de carne sobre unos huesos afilados. Mi piel no muestra las marcas, las cicatrices, la historia de una vida.

La carne comienza a cantar cuando me pongo en pie, los tendones se reconectan, alimentados por el maná impío que es la vitae. El coro de músculos se eleva cuando otra persona, no yo, da sus primeros pasos. Los hábitos de una vida pasada son descartados, nuevos ropajes y conductas me esperan, apropiados para este personaje.

La ópera en la que me he convertido atraviesa un adagio, decae el ritmo, pero se eleva la intensidad, los nervios subdérmicos alzan el tono muscular, saco el teléfono, tecleo un código y se escucha otra voz cuando digo:

-Montecristo, vamos a matar a tu hermano.

---

La disociación hundía sus dientes sobre la mente de Pagliacci, que sangraba recuerdos mientras trataba de recordarse a sí misma. Aquella funda de carne se convertía en un escudo ante la barbarie que se avecinaba, se sentía preparada para derramar sangre, matar y asesinar en nombre de su hija. Al fin y al cabo, no era ella, sino Hex la que lo haría y Hex deseaba volver a sentir el sabor del barro y del hierro caliente descendiendo por su garganta.

Hex se despidió de los dragones, dejó los chelines que había prometido como pago, segura de que sobrevivirían a las noches que estaban por llegar y que aquellos fatídicos discos de metal cortado les darían una ventaja inestimable contra la inquisición. Únicamente guardó cuatro monedas, una para su hijo (Montecristo), otra para su hija (Melinda), una para ella y otra para el espíritu santo.

-Me voy- dijo la periodista, llevándose en sus venas la vitae caliente del lacayo que los Shelby le habían proporcionado- Agradezco vuestra ayuda. Quizás no volvamos a vernos, si es así, recordadme por quién fui, no por en quién me he convertido.

Abandonó el refugio, el tiempo apremiaba y escuchó la sucia llamada del Broad Channel.

Montecristo (Jebediah_Gogorah)
Investigador ocultista

Re: "The final countdown" Epílogo

#3

Mensaje por Jebediah_Gogorah » 28 Ene 2026, 23:29

{ https://www.youtube.com/watch?v=3hPM7B1t7UM - White Mustang II by Daniel Lanois from The Sopranos OST }

Vidas truncadas en aquel festín de cuervos. Remanentes de nigromancia hundidos en el fango. Pulsos latientes apagados en el fondo, y la vergüenza de pertenecer a un linaje de pirámide invertida. La bestia se retozaba en el interior de Montecristo, presa del miedo y de la vergüenza. La carnicería era propia de quién trataba al rebaño con el sentido más peyorativo de la palabra. Pasaron por su mente, tantas madres a las que en los setenta tuvo que notificar las muertes de sus hijos víctimas del caballo blanco. Todas aquellas lágrimas resbalaron por su hombro, generandole un traje permeable al odio.

Justo en el momento que decidió salir de lo más profundo de la ciénaga, casi sintiendo que los muertos le agarraban de los tobillos, sonó el teléfono en su bolsillo. Casi lo habia olvidado. Si algo había disfrutado aquellos dos días en aquel analógico paraje, era de la desconexión digital que había vivido, y de la conexión con lo ancestral, que en aquella noche pasada, por fin, sin nada de lo que huir, y algo más alejado de la contaminación lumínica, le había otorgado la visión de las estrellas y donde, Nyx por su parte, sabedor de ello, le había otorgado su espacio y apenas había hecho notar su presencia.

La pantalla ponía "Pagliacci" y en la dúbita entre el orgullo y el deber, pasaron más tonos de los que solía aguardar. Dos palabras, matar, hermano, fueron necesarias para recuperar la sintonía con su hermana pariah. Y dos palabras fueron devueltas:

- Broad Channel.

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Pagliacci (Hex)
Periodista

Re: "The final countdown" Epílogo

#4

Mensaje por Hex » 31 Ene 2026, 00:22

https://www.youtube.com/watch?v=ZeMlQEWEg2Q


Los engranajes comenzaron a girar, las piezas fueron cayendo sobre el tablero y empezó a vislumbrarse un camino entre la niebla. Sentada en un maloliente callejón de Manhattan, todavía en territorio Shelby, la Caitiff le colgó a Montecristo y, acto seguido, tecleó el número de Melinda, sabiendo que el mensaje le llegaría a su secuestrador.

-Virgil Santos- dijo, mascullando el nombre de su enemigo- tengo las valiosas monedas que busca tu clan. Si quieres recuperarlas, asegúrate de ir con Melinda a Broad Channel.

La sensación de disociación no le abandonaba, sentía una confusión, una frustración y un mareo que se asemejaba a llevar las venas cargadas de alcohol. Veía a una mujer, un cadáver resucitado, pero no era el suyo, no era ella. Con un esfuerzo titánico, trató de centrarse y poner en marcha el siguiente paso de su plan.

La trampa estaba tendida y todos caerían en ésta, incluso ella. La periodista trató de recuperar algo de lucidez, se dedicó a poner por escrito en el ordenador sus notas, escribió un correo electrónico dirigido a Jameson, a Vanya y a todos sus contactos en la prensa local. Programó el envío para dentro de 48 horas.

En éste, describió con todo lujo de detalles toda la operación de trata de personas de los brujos, los contactos con Rand y hasta la existencia de los no muertos. Dio nombres, pocos se guardó para ella: Profesor Modi, Virgil Santos, Michael Rand, los Sons of Blood... En el email explicaba el funcionamiento de la Camarilla, daba detalles sobre la corte neoyorquina y unos cuantos nombres conocidos.

Se aseguró de que, si ella era destruida, si no cancelaba el envío en menos de 48 horas, la mascarada saltaría por los aires definitivamente y la sociedad de los no muertos ardería sin remedio. Aquello era como el dispositivo de mano muerta que usaban los soviéticos con sus armas nucleares, si ella caía, sus enemigos caerían con ella. Sintió algo de pánico y vértigo al imaginar el baño de sangre que se desataría si todo lo que había escrito saliera a la luz.

Hex caminó por la calle, su paso era algo lento e inseguro, era más alta, la mandíbula le dolía. A la caitiff le embargó una cierta pena, teñida de ira, los recuerdos de Melinda se agolpaban y se entremezclaban con los de la masacre en Broad Channel. Arrojó su móvil y el ordenador al agua, no le quedaba nada que le atara a Pagliacci, a la periodista que una vez fue, caminaría como Hex, mataría como Hex y vertería la vitae de sus enemigos como un maleficio surgido de la noche.

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